Carrie Jenkins parte de una pregunta incómoda: ¿se puede seguir amando cuando no se es feliz? Filósofa y autora, escribe desde la tristeza y la depresión para desmontar el ideal del «felices para siempre» que heredamos de los cuentos, las…
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Carrie Jenkins parte de una pregunta incómoda: ¿se puede seguir amando cuando no se es feliz? Filósofa y autora, escribe desde la tristeza y la depresión para desmontar el ideal del «felices para siempre» que heredamos de los cuentos, las canciones y las comedias románticas. Frente a esa promesa, propone el amor eudaimónico: un vínculo que no promete alegría permanente, pero que hace posible a quien ama. Un ensayo que cruza filosofía, memoria personal y crítica cultural.
Cuando en 2017 Carrie Jenkins se sentó a escribir un libro sobre el amor, no era feliz. Seguía enamorada —o eso creía—, pero todos los mensajes de su cultura le repetían que amar consistía en ser feliz: feliz para siempre, feliz con alguien, felices juntos. En lugar de concluir que su tristeza delataba un fracaso amoroso, hizo lo que hace una lógica: puso en duda la premisa contraria. Ese giro sostiene el libro entero.
A partir de ahí, la autora examina dos paradojas gemelas. La de la felicidad, que se escapa justo cuando la perseguimos. Y la romántica, que convierte el «felices para siempre» en una vara ideal contra la que medirnos y encontrarnos siempre defectuosos. Su respuesta viene de una palabra antigua rescatada de la filosofía griega: eudaimonía, literalmente «con buenos espíritus». El amor eudaimónico no promete alegría continua; deja sitio a la gama entera de las emociones humanas, incluidas las llamadas negativas, y se emparenta con la creatividad y con la construcción de sentido. La autora distingue con precisión dos cosas que solemos confundir: el amor que nos hace sentir felices y el amor que nos hace sentir posibles.
El argumento avanza entrelazado con la experiencia. Jenkins relata la publicación de su primer libro sobre filosofía del amor, la avalancha de entrevistas que siguió, y el torrente de odio —misógino, racista, dirigido a su vida abiertamente poliamorosa— que llegó con la visibilidad. Cuenta también el desgaste de la vida académica convertida en juego de rankings y métricas, y su decisión de volver a estudiar escritura creativa para aprender a pensar como novelista, poeta o periodista, no solo con líneas rectas de argumentación.
El resultado excede la teoría de las relaciones amorosas y se acerca a una forma de habitar el presente. Escrito entre una elección que envalentonó al odio y una pandemia que lo trastocó todo, el libro sostiene que estar triste, incluso desconsoladamente triste, no impide amar: ni a una pareja, ni a un país, ni a la humanidad. Jenkins no reclama para sí una gran idea original; se describe como una urraca que recoge fragmentos brillantes de su entorno intelectual para construir un espejo. Uno que devuelve una imagen algo grotesca, distorsionada, y por eso mismo capaz de mostrar lo que necesitábamos ver.