En una feria ganadera al pie de las montañas de Garriwerd, un schnauzer indisciplinado dispersa el rebaño y le cuesta a Jack Morgan el título nacional que su perra pastora tenía al alcance.
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En una feria ganadera al pie de las montañas de Garriwerd, un schnauzer indisciplinado dispersa el rebaño y le cuesta a Jack Morgan el título nacional que su perra pastora tenía al alcance. Detrás del desastre está Bryony Lester, recién llegada de Estados Unidos, tan encantadora como inoportuna. Entre un granjero que lleva seis años blindando sus emociones, una mujer que no sabe rendirse y una niña de seis años que aún no confía en nadie, empieza una historia de segundas oportunidades en el campo australiano.
Jack Morgan lleva seis años intentando vivir sin sobresaltos y sin sentimientos que compliquen las cosas. Trabaja la tierra en el sur de Australia, cerca de las montañas de Garriwerd, donde las praderas verdes y los grandes eucaliptos junto al río componen un paisaje que invita a la calma. Esa mañana de primavera, en la pista de un concurso regional de perros pastores, todo apunta a que su perra Jessica cerrará por fin la última prueba que le falta para proclamarse campeona de Australia. Le basta un silbido más para meter las ovejas en el corral.
El silbido llega, pero también llega Harry: un schnauzer rechoncho, de cejas hirsutas y obediencia inexistente, que sale disparado de debajo de la tribuna y convierte la exhibición en un estallido de ovejas huyendo en todas direcciones. Cuando el polvo se asienta, el jurado —presidido por el suegro del rival directo de Jack— aplica el reglamento al pie de la letra y lo descalifica. El campeonato se aleja y solo queda una prueba antes de que expire el plazo.
La dueña del perro es Bryony Lester, veintiocho años, pelirroja, de ojos verdes y una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera menos, aparentemente, a Jack. Acaba de instalarse en la zona después de años viviendo en Estados Unidos, ha ido a la feria por consejo de su amiga Myrna para conocer gente y se ha distraído mirando al hombre de la pista justo el tiempo suficiente para que Harry se soltara. Se disculpa una y otra vez con una mezcla de bochorno y humor que choca de frente con la sequedad del granjero. Él contesta a golpe de mandíbula apretada; ella insiste, se arrodilla en el polvo para abrazar a una perra que en teoría no debe dejarse tocar por extraños y sigue buscando, sin conseguirlo, que ese hombre sonría.
Quien sí consigue arrancarle una sonrisa es Maddy, una niña de seis años, delgadísima, con dos coletas desiguales y un peto que le queda enorme. Llegó hace poco de California tras la muerte de la abuela que la criaba, habla con acento americano y dice sin dramatismo que su madre no la quiere y que ahora tiene que vivir con su padre. Ese padre es Jack. Maddy se encoge cuando él levanta la voz —aunque él jure, con dolor, que jamás le ha hecho daño y que las cosas no son lo que parecen—, rechaza sus brazos y, en cambio, se agarra espontáneamente a la mano de una desconocida que huele a establo. Porque la tarde termina con Bryony rescatando a Harry de un montón de estiércol, con una manguera que empeora el estropicio, con su amiga negándose entre risas a llevarla en el coche y con la propia Maddy insistiendo en que la lleven ellos en la camioneta.
Con ese arranque de comedia rural, la novela va perfilando lo que de verdad está en juego: un hombre que se protege detrás del mal genio, una recién llegada que no encaja en el paisaje pero se niega a marcharse de puntillas, y una niña que necesita mucho más que un trofeo en su habitación. Publicada originalmente como Falling for Jack, esta historia de Trisha David combina el humor de los desencuentros, la calidez de la vida en el campo australiano y una emotividad que crece a medida que las heridas de cada personaje salen a la luz.
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