Madison Vergara escribe novelas románticas de éxito bajo otro nombre, pero su propia vida sentimental está en ruinas: acaba de descubrir una infidelidad y arrastra una relación que la empequeñece.
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Madison Vergara escribe novelas románticas de éxito bajo otro nombre, pero su propia vida sentimental está en ruinas: acaba de descubrir una infidelidad y arrastra una relación que la empequeñece. Cuando le ofrecen un contrato con una editorial de Nueva York, elige por fin su carrera y su libertad. Aterriza en Manhattan en plena Navidad con una lista de deseos, un abrigo rojo y la esperanza de que la ciudad le regale la historia de amor que hasta ahora solo ha sabido inventar para otros.
Todo empieza con un cofre de madera abierto sobre la mesa de un ático de Madrid. La abuela Eleanor despliega cartas y diarios amarillentos para contarle a su nieta el origen de su nombre: la primera Madison de la familia, una mujer que soñaba con recorrer el mundo, y Alexander, el viajero al que la guerra le arrancó antes de que pudieran cumplir ninguna de sus promesas. De ese amor interrumpido queda un nombre heredado y la idea de que hay deseos que tardan generaciones en realizarse.
La Madison de hoy tiene un contrato sobre el escritorio y una herida sin cerrar. Es autora de novela romántica —Madison Phillips en las portadas, Madison Vergara en la vida— y la editorial neoyorquina Ediciones Literarias Big Apple la espera al otro lado del Atlántico. También la espera Dani, el novio que le fue infiel, que desprecia su oficio y que le ha dejado claro que marcharse significa el final. Elegir el viaje es elegirse a sí misma, y esa decisión se escribe en una carta de despedida serena y en un número bloqueado.
Nueva York la recibe con nieve, escaparates encendidos y un hotel en Times Square donde despliega su libreta de once deseos: chocolate caliente en Central Park, el árbol del Rockefeller Center, las librerías del Strand, una nota anónima en un mercado navideño, patinar sobre hielo. El primero de la lista termina con ella sentada en el suelo de la pista, dolorida y muerta de vergüenza, y con una mano tendida: Evan Collins, escritor de ciencia ficción sin suerte, empleado en la sección de cartas al director de un periódico, y firmemente convencido de que las novelas románticas son una cursilería predecible. Ella lo escucha despreciar su género —y, sin saberlo, su seudónimo— hasta que un autobús pasa con su rostro impreso en el costado.
De ahí en adelante, la ciudad se vuelve un mapa de encuentros. Henry, inquilino del apartamento de Carrie Bradshaw en la calle Perry, diseñador de moda que se ha ganado un nombre pero no ha encontrado el amor. William, hermano de su editora, jugador de rugby que salió del armario y convirtió su visibilidad en bandera. Una azotea, tres cosmopolitans y la certeza de que unir a las personas adecuadas también es una forma de escribir historias.
Una novela navideña sobre la distancia entre lo que se narra y lo que se vive, y sobre lo que ocurre cuando una autora decide, por una vez, ser la protagonista.
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