Diez años después de la ruptura, un arquitecto porteño reconstruye desde la memoria su historia con Luna, la mujer de ojos celestes que conoció en un curso de italiano y que le enseñó que el amor también puede doler.
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Diez años después de la ruptura, un arquitecto porteño reconstruye desde la memoria su historia con Luna, la mujer de ojos celestes que conoció en un curso de italiano y que le enseñó que el amor también puede doler.
Matteo Bianchi es arquitecto, tiene veinticinco años y vive en Palermo con una rutina que él mismo eligió: trabajo exigente, libros, música italiana y una soledad que defiende como si fuera una decisión y no una herida. Le faltan pocos meses para el viaje que viene preparando hace años —recorrer Italia, la tierra de sus abuelos— y por eso arranca un último curso en la Asociación Dante Alighieri de Buenos Aires. Aquel viernes de agosto, al entrar al aula, encuentra a una desconocida leyendo un libro de tapa negra con letras doradas. Cuando ella levanta la vista, Matteo tiene el presentimiento —que el tiempo confirmará— de que su vida acaba de cambiar de rumbo.
Se llama Luna Leblanc, tiene veintitrés años y es abogada recibida antes de tiempo. Vive en Belgrano, es hincha de Huracán y sus padres son del mismo barrio que los de él. Una interrupción del servicio de subte los obliga a caminar juntos hasta otra estación, y en esas cuadras la coincidencia se vuelve conversación, la conversación se vuelve mensajes de WhatsApp y los mensajes se vuelven la primera sorpresa envuelta en papel celeste. Matteo, que desconfía de buscar gente en Internet, termina buscándola igual; que se prometió no ilusionarse, se ilusiona en cuestión de horas; y que no cree en el destino, empieza a sospechar que algo lo estaba esperando en esa aula.
Pero quien narra ya sabe cómo termina. Desde el prólogo, Matteo advierte que fue él quien puso el punto final y que aun así no logra —ni quiere del todo— olvidarla. En su relato conviven dos magias: la que sana y la que destruye. Hubo pasión, ternura, risas cómplices; hubo también gritos, desprecio y humillación, y una balanza que fue inclinándose hasta dejarlo quebrado por dentro. La advertencia llega temprano, en boca de una compañera de trabajo: entre el amor y la obsesión la diferencia puede ser enorme y, a la vez, casi imperceptible.
Dividida en veintiséis capítulos más prólogo y epílogo, la novela de Martín Bugliavaz avanza como una reconstrucción hecha a la distancia, con el pulso íntimo de quien vuelve sobre sus propios pasos para entenderse. Buenos Aires —la ciudad de la arquitectura hermosa y el caos permanente, moneda de dos caras— es escenario y espejo de un vínculo que fascina y desgasta en la misma proporción. Es una historia de amor contada sin coartadas: la de un hombre que se enamoró de una hechicera de ojos como zafiros y que, años después, escribe para no olvidar los momentos que lo hicieron sonreír, ni los que lo obligaron a aprender a quererse a sí mismo.