En un distrito de los Andes peruanos, dos familias de hacendados se disputan tierras, jueces y autoridades desde hace generaciones. Juana Sánchez y Francisco Díaz, apenas adolescentes, se aman en secreto bajo los árboles del monte y…
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En un distrito de los Andes peruanos, dos familias de hacendados se disputan tierras, jueces y autoridades desde hace generaciones. Juana Sánchez y Francisco Díaz, apenas adolescentes, se aman en secreto bajo los árboles del monte y esperan un hijo. Cuando el secreto se rompe, la fuga queda como única salida: un camino de neblinas, aldeas de piedra, socavones de mina y mar abierto, donde ese amor deberá sostenerse contra un odio que ninguno de los dos eligió.
«Amor andino», novela de Salustio Concha Tupayachi, arranca en Buldibuyo, un distrito serrano donde dos apellidos —Sánchez y Díaz— heredaron de sus antepasados extensiones de tierra y, con ellas, un rencor que ninguna generación se atrevió a soltar. Los linderos nunca tuvieron papel que los fijara, de modo que la disputa se reabre cuando conviene: mojones que se colocan de noche y se destruyen de día, peones armados, un muerto de una pedrada y un litigio que trepa de la provincia de Pataz a los tribunales de Trujillo entre abogados, regalos y nombramientos de jueces y gobernadores. Las haciendas se llaman Jerusalén y Roma, y el pueblo entero sabe que allí se juega algo más que hectáreas: el control político y social de la comarca.
En medio de esa guerra crecen Juana y Francisco, quince y dieciséis años, hijos de los dos bandos. Su refugio es un rincón de monte; su noticia —un embarazo que ya no se puede fajar ni disimular— convierte el runrún que corre de cortijo en cortijo en amenaza cierta. Sorprendidos a machetazos por el padre y el hermano de ella, los muchachos entienden que quedarse es morir, y huyen de noche con dos ponchos y unos ahorros robados por una ruta que nadie vigila.
De ahí en adelante la novela se vuelve viaje: cuestas alumbradas por la luna, arrieros con mulas cargadas de coca y café, una anciana que los abriga con cueros de llama en una aldea donde la tierra todavía se trabaja en común, montañas nevadas y, al fin, la primera visión del mar. En el puerto de Warmey y en las minas de Cocabal el idilio se mide contra el trabajo: el pico y la pala que ulceran las manos de Francisco, la cocina y el restaurante donde Juana descubre un oficio propio, el nacimiento de una hija, la pesca con dinamita y una tormenta en alta mar que pone a prueba lo poco conseguido. Mientras tanto, en la hacienda, una madre se enfrenta a su marido por haber puesto la tierra antes que la sangre.
Concha Tupayachi escribe con vocabulario ancho y detalle etnográfico —comidas, faenas, fiestas patronales, la manera de hospedar a un desconocido— y arma con ellos un relato en el que el amor joven es también una forma de desobedecer a una estructura de poder. El resultado es una historia de fuga y de trabajo, tendida entre el paisaje serrano y el costeño, sostenida por una pregunta simple: si dos personas pueden inventarse una vida fuera del odio que las precede.