Claudia Brennan, una joven importadora inglesa de vinos de Chianti, compra siete hectáreas con viñedos cerca de Lucca convencida de que ha cerrado el negocio de su vida.
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Claudia Brennan, una joven importadora inglesa de vinos de Chianti, compra siete hectáreas con viñedos cerca de Lucca convencida de que ha cerrado el negocio de su vida. Días después, una carta de abogado le informa que la tierra pertenece a Cesare di Stefano, vigésimo duque de Ferraro, amparado por un pergamino con firma papal. Entre un prometido que insiste en tomar las riendas y un aristócrata que convierte cada conversación en un duelo cortés, Claudia decide negociar en persona lo que nadie cree que pueda ganar sola. Madeleine Ker firma en esta novela un romance contemporáneo ambientado en la Toscana, donde la disputa por una propiedad se vuelve pulso de voluntades y terreno de una atracción incómoda.
Hay compras que parecen un acierto hasta que llega el correo. Claudia Brennan, veinticinco años, inglesa y dueña de un negocio de importación de vinos levantado desde cero, encuentra en las afueras de Lucca la casa que llevaba años imaginando: una hacienda por restaurar, rodeada de pinos, con algunos olivares y un puñado de hectáreas de viñedo. Los Rossi, la familia que trabaja esas tierras desde principios de siglo, se las venden sin escritura pero con papeles que, según su notario, bastan. Ella firma rápido, paga rápido y anuncia la noticia esperando entusiasmo. Lo que recibe es un silencio raro, y después una carta manuscrita de abogado: la propiedad pertenece a Su Excelencia Cesare Massimo di Stefano, vigésimo duque de Ferraro, por un título antiguo con sello de papa. Si entra en la finca, habrá mandato judicial.
El conflicto se plantea en dos frentes que no dejan de rozarse. Uno es legal y desalentador: en Italia un pleito civil puede tardar una década, la posesión pesa más que la razón y Claudia tiene el derecho pero no la prueba fácil. El otro es doméstico. Vittorio Brunelli, contador de Ferraro y prometido suyo desde hace cuatro meses, no ve en el error una desgracia compartida sino la confirmación de su tesis favorita: que una mujer de negocios, por lista que sea, acaba tropezando y necesitando el rescate de un hombre. Su consejo es retirarse, demandar a los Rossi y dejar que él y sus tíos arreglen el asunto. La novela no disimula lo que hay debajo de esa oferta de protección: cuando se casen, Vito espera administrar también las tiendas que ella construyó sola.
Claudia elige el camino que menos le conviene y más se le parece. Llama al palazzo, exige una reunión y se encuentra con un interlocutor que responde a las amenazas con clases de historia, invitaciones a la cacería de noviembre y comentarios sobre su cabello pelirrojo. Cesare di Stefano no levanta la voz: sonríe, corrige, dilata, propone tomar el té. Bajo esa cortesía perezosa hay una mano de hierro, y Claudia lo advierte enseguida; también advierte que el juego verbal la divierte más de lo prudente. La cita del viernes a las cuatro queda fijada, y con ella la sensación de que va a negociar sin saber del todo qué está negociando.
Madeleine Ker sitúa la historia en una Toscana que no funciona como decorado: el pueblo de Ferraro, construido hace cuatrocientos años por los antepasados del duque, las diecinueve generaciones enterradas en la iglesia, las leyes que no se parecen a las inglesas y una idea del lugar de la mujer que Claudia lleva media vida esquivando. El pulso del libro está en esa doble tensión —entre lo que ella quiere conservar y lo que le piden entregar, entre el hombre que promete cuidarla y el que no promete nada— y en la incomodidad de descubrir que la atracción no siempre se dirige a donde uno ha dado su palabra. Romance contemporáneo de conflicto claro, diálogo afilado y protagonistas que discuten tanto como se miran.
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