Abril de 1839. En la bodega del Tecora, un navío negrero que cruza el Atlántico rumbo a Cuba, un campesino mende llamado Singbé despierta junto al cadáver de un muchacho encadenado a su lado.
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Abril de 1839. En la bodega del Tecora, un navío negrero que cruza el Atlántico rumbo a Cuba, un campesino mende llamado Singbé despierta junto al cadáver de un muchacho encadenado a su lado. Capturado en un camino cerca de su aldea y vendido de mano en mano hasta la factoría del río Gallinas, cuenta los días, los hombres y las armas mientras urde una idea peligrosa: sesenta contra veinticuatro. Es el comienzo de una travesía que terminará en los tribunales de Estados Unidos.
Singbé tenía una granja, una esposa, hijos, un padre y un campo de arroz a punto de cosecha. Un desconocido que preguntaba por un camino, un golpe por la espalda y una cuerda al cuello bastaron para borrar todo eso. Vendido al hijo de un rey vecino, encerrado un mes en una jaula, conducido tres noches por la selva hasta la factoría de esclavos de Lomboko, acaba en la bodega del Tecora con más de trescientos cautivos de una docena de pueblos: mendes, mandingos, gissis, timmanis, balus, bandis, gulas. Lleva cuarenta y tres días de mar y aún le cuesta creer que el agua no se acabe nunca.
La novela abre con un gesto mínimo —una mano fría que se mueve con el balanceo del barco— y desde ahí construye, sin subrayados, la mecánica cotidiana del comercio: el arroz con gorgojos, la hora de paseo por cubierta, las orejas cortadas a los muertos para llevar la cuenta, el cepo y el bastón. El antagonista no es un bruto sino un caballero: Shaw, agente norteamericano de una casa negrera de La Habana, que protege a Singbé de un marinero no por piedad sino porque el hombre es mercancía valiosa, y que discute con el capitán portugués del barco si los africanos son o no hombres, defendiendo que lo son con la misma calma con que los tasa. Esa contradicción —la crueldad razonada, contable, casi cortés— es el nervio del libro.
Frente a ella, Singbé opone una aritmética propia. Observa: el barco se aleja del sol por la mañana y va hacia él por la tarde; los blancos son veinticuatro; los cautivos suben en grupos de sesenta. Su amigo Grabeau le responde con la cordura de quien mide las cadenas y los mosquetes. Singbé contesta que la verdadera locura es aceptar el resto de una vida encadenada.
Dividida en dos partes, la obra cruza primero el Atlántico y desembarca después en una América donde el motín a bordo se convierte en un pleito: la mecha, los amigos y los enemigos, el juicio, las contraofensivas, el juzgado de Judson, el señor Adams ante la Corte Suprema y, al final, la palabra que todo el viaje ha estado persiguiendo: hogar. Una reconstrucción novelada del caso Amistad que devuelve el peso del relato a quien lo padeció.