Un carpintero ciego enseña a su nieto huérfano que toda cosa rota merece una segunda vida. Cuando Gustave hereda el taller y el duelo, elige el camino contrario: abandona el pueblo, rechaza el amor que lo esperaba y parte hacia París con…
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Un carpintero ciego enseña a su nieto huérfano que toda cosa rota merece una segunda vida. Cuando Gustave hereda el taller y el duelo, elige el camino contrario: abandona el pueblo, rechaza el amor que lo esperaba y parte hacia París con una carreta, un caballo y un muñeco de ventrílocuo restaurado durante tres años. Primera parte de una novela en tres voces sobre los afectos que no encuentran respuesta y sobre quienes sobreviven a ellos.
En un pequeño pueblo francés de fines del siglo XIX, Gustave crece entre el aserrín y el barniz del taller de su abuelo Jean, un carpintero cuya vista se apaga día a día pero que sigue devolviendo a la vida mesas, baúles y sillas ajenas. De la carreta de Jerome, el herrero gigante y risueño que llega con encargos y con noticias, cae un día un muñeco articulado y medio quemado: sin una pierna, sin un ojo, con la cara descascarada. El niño, que primero grita de terror, decide restaurarlo. Tardará tres años y la ayuda de medio pueblo —el hierro de Jerome, la costura de Dauphine, una trenza roja que Annette se corta sin dudar— en darle un cuerpo nuevo.
La novela avanza por saltos limpios. Un accidente en la puerta del taller deja a Gustave huérfano por segunda vez y acogido en casa del herrero, donde las pesadillas lo despiertan empapado y donde el techo, con vetas y olores que no son los suyos, le recuerda cada noche que está de paso. A los dieciséis regresa a la casa vacía, limpia el taller hasta dejarlo irreconocible y descubre que no quiere heredar el oficio: no puede imitar al mejor carpintero que conoció. La ruptura con Annette —brusca, cruel, dicha al oído con una franqueza que hiere más que la mentira— sella su decisión. Entrega las llaves de la casa a cambio de una carreta, un caballo y provisiones, y pide que nadie se lo cuente a ella.
Rumbo a París, con el muñeco sentado a su lado como único interlocutor, Gustave se detiene en la posada de Calluis y ampara a Alejandra, una joven bohemia a quien el pueblo maltrata y el posadero no quiere alojar. Ese gesto —el mismo instinto de recoger lo descartado que aprendió lijando muebles— abre el verdadero viaje.
Estructurada en tres partes que llevan por título los nombres de Gustave, Evani y Dominique, la obra está dedicada a los amores no correspondidos, a los fallidos y a los que nunca se intentaron. Su materia es la carpintería como metáfora: la voz que tiene una casa cuando la madera es buena, la huella que un artesano deja en cada objeto que toca, y la pregunta de si una persona rota admite el mismo tratamiento que un muñeco chamuscado.
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