París, 1923: un comerciante de telas del extrarradio se casa casi en secreto y nadie en el barrio sospecha nada, salvo un viejo policía que reconoce en la novia a la mujer por la que, veinte años antes, los dos jefes del hampa parisiense…
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París, 1923: un comerciante de telas del extrarradio se casa casi en secreto y nadie en el barrio sospecha nada, salvo un viejo policía que reconoce en la novia a la mujer por la que, veinte años antes, los dos jefes del hampa parisiense estuvieron dispuestos a matarse. A partir de ese reconocimiento, H. Lindser reconstruye la historia de Amalie Helli, la «casque d'or» que reinó sobre los apaches de París en los días en que aquellos golfos todavía eran un peligro y no un número de cabaret para turistas.
La novela arranca con un suceso que no merece ni una línea en los ecos de sociedad: Remier, tendero de telas en la orilla derecha del Sena, cuarentón, bigotudo y soltero incorregible, aparece un día del brazo de una mujer de belleza inesperada y la presenta como su esposa. Las vecinas atribuyen el enlace a las tías de Neuilly; la verdad es otra, y solo un hombre en todo el barrio la conoce. El agente Marcier, ya en vísperas del retiro y ocupado en instruir a novatos, identifica en la discreta señora del comercio a la antigua estrella de cafetines por la que se desangraron las bandas de principios de siglo.
Ese reconocimiento abre la verdadera materia del libro. Ante un joven policía que se ríe de la sola idea de que unos «apaches» pudieran asustar a nadie, Marcier retrocede a 1902 y a un París que ya entonces empezaba a maquillarse para el visitante extranjero. La acción se instala en dos calles enfrentadas —Popincourt, feudo de Leca; rue des Orteaux, cuartel de Manda— y en los bistrós donde el alcohol, el acordeón y las prostitutas envejecidas componen el decorado de una tregua que nadie cree duradera. Charles Briand, sabueso veterano de perilla y ojos claros, percibe en el gesto torcido de un camarero lo que sus superiores no ven en los informes: esa noche va a estallar algo.
Lindser trabaja el contraste entre los dos cabecillas con economía y buen oído. Leca sale de su guarida con dos puñales escondidos y la vanidad de quien necesita público, apartando de un empujón a la mujer que le suplica que no vaya. Manda, más bajo, de bigotillo recortado y gorra de plato, gana la última mano de cartas antes de acudir a la cita y, antes de salir, prende una nota de amor torpemente escrita a un ramo de rosas destinado a Amalie. La cita entre ambos no es un golpe: es el reparto definitivo de París, y el motivo no es el dinero sino una muchacha de veinte años.
El relato se detiene entonces en ella. Amalie ha crecido en una casa de vecindad donde la fachada dieciochesca de piedra gris esconde galerías de puertas descoloridas, calor insoportable en verano y frío hiriente en invierno. Hija de una lavandera bretona y de un mozo de cuerda alcohólico que murió helado en un descampado, aprendió pronto a dormirse mientras al otro lado del tabique se repetían las palizas, y a alimentar con novelitas de amor una imaginación que su miseria no podía sostener. Es, dice el narrador, la flor bonita de un mundo demasiado feo: cuando sale a la calle, el barrio entero se queda más triste.
Más allá de la intriga criminal, el libro propone una lectura del mito. Marcier recuerda que fue Dumas padre quien llamó «mohicanos» a los bribones de su época y un periodista, Arthur Dupin, quien rebautizó como apaches a los que se pasaban de la raya; recuerda también que la guerra del catorce se llevó por delante a los peores y que lo que queda son bailarines de guardarropía para el asombro de los americanos. Entre la crónica policial, el retrato social y la evocación de un París que Toulouse-Lautrec fijó a mitad de camino entre lo dorado y lo mísero, la novela va cerrando el círculo hacia la mujer que, dos décadas después, despacha telas detrás de un mostrador sin que nadie sepa quién fue.