Novela de tono testimonial en la que un narrador ya maduro, Rodolfo, reconstruye la historia de amor que empezó el día en que, con diecinueve años, llegó a Río Gallegos en mayo de 1981 y conoció a Livia, la directora de la oficina donde…
Descargar
Novela de tono testimonial en la que un narrador ya maduro, Rodolfo, reconstruye la historia de amor que empezó el día en que, con diecinueve años, llegó a Río Gallegos en mayo de 1981 y conoció a Livia, la directora de la oficina donde acababa de ser designado. Entre el frío patagónico, una pensión de habitaciones compartidas y el rumor de las máquinas de escribir en la Casa de Gobierno, se despliega el retrato de un amor improbable —ella, viuda, madre de cuatro hijos y bastante mayor que él— que atravesó veintiocho años de vida en común y que el relato sostiene incluso más allá de la muerte.
El libro se abre lejos de su comienzo. En la Nochebuena de 2014, asomado al balcón de un departamento alquilado en La Plata, el narrador escucha los estruendos de los festejos como si sonaran en otra parte y se pregunta dónde está Livia, la mujer con la que compartió veintiocho años. Ha pasado poco más de año y medio desde su muerte, y el dolor empieza a ceder ante la aceptación: no como olvido, sino como el punto en que se decide entender y seguir andando. Desde ese umbral, y con la escritura fechada a fines de 2019, Rodolfo se propone dejar constancia de lo que llama simplemente su sencilla historia de amor.
El relato retrocede entonces al 1 de mayo de 1981. Un joven de diecinueve años baja las escalinatas de un avión en Río Gallegos —una ciudad de unos cuarenta mil habitantes, más parecida a un pueblo que a una capital de provincia— y recibe por primera vez el aire seco y helado de la Patagonia. Ha pedido el traslado desde la Casa de la Provincia de Santa Cruz en Buenos Aires: dejará de ser cadete, cobrará mejor, y tiene parientes que lo esperan. Al día siguiente entra por primera vez a la oficina del Departamento Decretos, en la Casa de Gobierno, y allí, cuando la puerta se abre y aparece la directora general de Despacho, el libro sitúa su escena fundante: una sonrisa y una mirada que el narrador siente venidas de otro tiempo y que le cambian el rumbo sin que él alcance a comprenderlo.
La primera parte, Amor de otro tiempo, avanza por lo que ese descubrimiento tiene de imposible. Livia tiene treinta y siete años, nació en Río Gallegos de padres chilenos, quedó viuda muy joven en un accidente en la ruta y crió sola a sus cuatro hijos; además, hace poco ha empezado una relación con otro hombre. Rodolfo carga el enamoramiento en silencio durante meses, hasta que una noche, en la oscuridad del cuarto que comparte con su primo Ezequiel, lo confiesa en voz alta. La novela sigue en paralelo su otra iniciación: la mudanza a la pensión de la calle Pellegrini, negociada casi sin dinero con una dueña de réplicas afiladas y una moto puesta en garantía, los platos de sopa caliente, el televisor del living como territorio común, la aparición inesperada de un tío decidido a llevárselo de vuelta.
Dos registros conviven a lo largo del texto. Uno es el de la crónica minuciosa: el paisaje amarillento del otoño austral, los mates y las anécdotas familiares, el mostrador de la policía, los trámites de designación, la vida administrativa de una provincia. El otro es reflexivo y declaradamente espiritista: el narrador distingue el enamoramiento —breve, cercano a la fantasía— del amor verdadero que perdura, y afirma su convicción de que Livia sigue viva en otro plano, algo que un escrito llegado a sus manos, atribuido a una psicofonía mediúmnica, vino a confirmarle. De ahí el destinatario que el libro se elige: quienes han perdido a un ser amado. La obra se ofrece a ellos menos como demostración que como compañía, con la idea insistente de que el amor no reconoce límites de tiempo, distancia ni materia. Está dedicada a Livia.