Dos mujeres, dos épocas y un mismo fuego bajo la piel. En el Madrid de 2011, Eva Brack descubre que los ardores y descargas eléctricas que la asaltan desde niña no son una enfermedad, sino algo que un desconocido llamado Conrad Jhones…
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Dos mujeres, dos épocas y un mismo fuego bajo la piel. En el Madrid de 2011, Eva Brack descubre que los ardores y descargas eléctricas que la asaltan desde niña no son una enfermedad, sino algo que un desconocido llamado Conrad Jhones parece conocer mejor que ella. En el Puerto Cumarebo de 1975, Alma Gamero se juega el trabajo y la reputación por escapar de un jefe con las manos largas y llegar a tiempo al muelle. Una novela de voces vivas, humor ácido y un misterio que une dos orillas.
Todo empieza con un sueño: una nube de arcoíris que estalla, la voz lejana de un padre y un volcán encendiéndose dentro de una niña que no entiende por qué su abuelo la desnuda, la cubre de sábila y le abre las manos para ver caer la sangre. Cuando Eva Brack despierta, el sueño se ha deshecho y solo queda el zumbido del cepillo eléctrico de su marido al otro lado del espejo. Es 13 de febrero de 2011, en Madrid, y hace un calor que ninguna estación explica.
Eva traduce documentos legales en una consultora tan gris como impecable, comparte despacho con Pipa —una irlandesa deslenguada, magnética y adicta a decir en voz alta lo que Eva calla— y sostiene un matrimonio con Adrián, un hombre bello, obsesivo y cada año más celoso, más ordenado, más dueño de todo. La rutina se rompe en un ascensor abarrotado: un dolor que la parte en dos, una luz blanca, un oído que capta hasta el reloj del señor de delante, y unos ojos que no dejan de mirarla. La luz se va. Eva no está segura de no haber sido ella.
Ese mismo día, el desconocido reaparece con nombre y cargo: Conrad Jhones, vicepresidente de una consultora inglesa que negocia una fusión. Aparece también, cuando Eva rebobina los días, en la cafetería de su calle, en el parque, en el garaje. Y cuando por fin le habla —frente a un trozo desmedido de tarta de chocolate—, no pregunta cómo está: le dice que puede controlarlo. El dolor, la corriente, la energía. Solo hay que practicar. Entre sus manos salta un rayo minúsculo y azul, y una frase queda flotando: qué bueno que te hemos encontrado.
En paralelo, la novela retrocede a Puerto Cumarebo, Venezuela, el 16 de abril de 1975. Allí Alma Gamero cuenta los minutos en un reloj de pared mientras su compañera Flor sueña con una pedida de mano y ella solo piensa en el petrolero que atraca esa tarde y en el hombre que la espera en el muelle. Alma lleva días con náuseas, calor y el estómago revuelto; lleva tres meses esquivando las manos de don Esteban, su jefe, que confunde la autoridad con el derecho a tocar. La escena en la que Alma se libera de él —violenta, humillante y desternillante a la vez— la lanza a la carretera de la costa en un Caprice verde, apestando a vómito y riéndose a carcajadas de su propia audacia.
Dos narradoras, dos climas, un mismo calor que no se apaga: el que quema por dentro y el que empuja a huir. Con capítulos alternos, diálogo de oído finísimo —el castizo de Madrid, el habla costeña venezolana, el spanglish de Pipa— y un humor que desactiva el melodrama justo antes de que aparezca, la obra construye un misterio de linaje y herencia mientras retrata, sin subrayados, la violencia cotidiana contra las mujeres: el jefe que soba, el marido que controla, el cuerpo que avisa. Lo que Eva cree una enfermedad quizá sea una señal; lo que Alma cree una huida quizá sea un principio. Y entre 1975 y 2011 hay un hilo que el lector empieza a intuir mucho antes de que alguien lo nombre.