Memoria autobiográfica de Evelina Cabrera, nacida en 1986 en Virreyes, San Fernando, en el conurbano bonaerense. Con un tono directo y sin autocompasión, la autora reconstruye una infancia atravesada por la pobreza, la violencia doméstica…
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Memoria autobiográfica de Evelina Cabrera, nacida en 1986 en Virreyes, San Fernando, en el conurbano bonaerense. Con un tono directo y sin autocompasión, la autora reconstruye una infancia atravesada por la pobreza, la violencia doméstica y el desamparo, y también por la cumbia, el baile y una obstinada capacidad de convocar a los demás. El título nace de dos insultos —«negra» y «altanera»— que la narradora reclama como escudo y como orgullo. Más que una historia de superación ejemplar, el libro es un ejercicio de memoria: un intento de ordenar los baches del pasado, nombrar lo que dolió y dejar constancia de que se puede salir de la oscuridad.
«No sé si me está curando, pero me está doliendo»: con esa frase, repetida como un mantra durante la escritura, Evelina Cabrera define el pulso de este libro. Lo que sigue no es un ajuste de cuentas ni un relato de heroísmo, sino la reconstrucción paciente de una vida que la autora compara con una laguna vacía que, de a poco, se llena de peces de todos los colores: los hermosos, los feos y también las pirañas.
El relato arranca por el nombre. Evelina, elegido por la villana de una serie ochentosa; Cabrera, apellido que en el habla criolla nombra al de mal carácter. «Mala y enojada», bromea la narradora, antes de rastrear las dos ramas de su árbol familiar: una abuela paterna con sangre tehuelche que llegó a Buenos Aires huyendo del fuego y de un marido violento; una abuela materna con sangre mapuche que crio sola a su hija mientras trabajaba con cama adentro. De ese cruce salen los ojos, la piel y las curvas de la autora, y también un modo de estar en el mundo donde el afecto casi nunca encuentra las palabras.
La infancia transcurre entre calles de barro sin nombre, una tosquera peligrosa que los chicos usaban como laguna, gallinas en el fondo de la casa de la abuela y navidades en la playa de surtidores de una estación de servicio. Junto a esos recuerdos luminosos —el concurso de pesca de ranas, la soga gigante armada con retazos para que saltara todo el recreo, las coreografías ensayadas en el garage con los chicos del barrio— conviven escenas de una brutalidad cotidiana: castigos humillantes, la cabeza sostenida bajo la canilla, los gritos que la niña temía que escucharan los vecinos. La autora las cuenta sin dramatizar y sin pedir compasión; detesta el «pobrecita» desde chica.
La segunda parte del recorrido entra en una adolescencia turbulenta. La separación de sus padres a los trece, las mudanzas por Tigre, los sábados de cumbia con las primas en las puertas de los canales de televisión, el cigarrillo escondido, un cuerpo que se desarrolló antes de tiempo y una vida sexual decidida con reglas propias, más como trámite que como descubrimiento. Aparece también la Evelina que aprende a pegar y que elige, en el último año de la primaria, dejar de ser la desplazada.
Atraviesa todo el libro una idea que la autora se ocupa de corregir cada vez que se la atribuyen mal: el fútbol no la salvó, fue una herramienta más. «Me salvé yo», escribe. Y una intención declarada: poner la mirada sobre las chicas que crecen con el destino marcado y el techo puesto, las que viajan en tren y dos colectivos para ir a bailar, las que aprendieron a hermanarse. Entre el pudor y la necesidad, entre los trajes que se puso para no salir lastimada y el gesto de sacárselos al llegar a casa, este es el testimonio de alguien que decidió contar su propia versión antes de que otros la completaran por ella.