Un niño incapaz de sentir miedo, tristeza o alegría atraviesa una infancia vigilada por su madre y su abuela, que intentan enseñarle de memoria las emociones que su cerebro no produce.
Descargar
Un niño incapaz de sentir miedo, tristeza o alegría atraviesa una infancia vigilada por su madre y su abuela, que intentan enseñarle de memoria las emociones que su cerebro no produce. Narrada desde una calma inquietante, la novela arranca con una masacre y retrocede para reconstruir cómo se educa a alguien para simular ser humano.
Todo empieza con un recuento sin temblor: un día cualquiera hay un herido y seis muertos, y el narrador lo observa todo sin que se le mueva un músculo de la cara. Desde esa primera página, la obra instala su procedimiento: contar lo atroz con la misma temperatura con que se describe un programa de televisión o el sabor de un puñado de almendras.
El narrador es Seon Yunjae, un chico diagnosticado de alexitimia. Las amígdalas cerebrales —esas dos almendras alojadas a la altura de las orejas, encargadas de encender la lamparita roja del miedo, la ira o el agrado— le nacieron demasiado pequeñas. No es que no sepa expresar lo que siente: es que apenas lo siente. Nunca sonrió de bebé, no aprendió a temerle a la tetera hirviendo que lo quemó, ni al perro que ya había mordido a otro niño. Palabras como “sentimiento” o “empatía” le resultan un conjunto de letras de sentido impreciso.
El relato retrocede hasta el episodio fundacional: a los seis años, perdido al otro lado de un puente, encuentra a un chico apaleado en un callejón y va a pedir ayuda a un tendero que mira la televisión. Lo dice con voz plana, sin urgencia, y no le creen. El chico muere; era el hijo del tendero. La acusación que le lanza el hombre en la comisaría —“si lo hubieras dicho de un modo más serio, no habría sido tan tarde”— condensa el conflicto de toda la novela: un mundo que exige señales visibles de emoción para conceder crédito a lo que se dice.
A partir de ahí, la obra se convierte en la crónica de un adiestramiento. La madre rechaza a los médicos que ven en su hijo una masa de carne curiosa y monta su propio método: carteles con flechas (“el otro sonríe → sonríe del mismo modo”), ideogramas de alegría, amor y placer pegados por la casa, y los de enfado, tristeza y odio confinados al baño. Inventa un juego de siete emociones, escribe diálogos como una dramaturga y le enseña a devolver “gracias” y “perdón” igual que quien entrega el cambio de un billete. La abuela, enorme como un roble, con sombrero violeta y manos de hombre fuerte, aporta la otra pedagogía: lo llama “mi hermoso monstruito” y le ofrece, en lugar de corrección, un lugar donde ser diferente no sea un defecto.
Detrás de esa domesticación late una historia familiar de tres mujeres y un hombre ausente: una abuela viuda que sacrificó su juventud, una hija que se fugó tras un vendedor de baratijas, un padre muerto por un motociclista borracho antes de que naciera el hijo, y siete años de silencio rotos por un reencuentro en un McDonald’s donde lo primero que se dice es “come primero”.
El narrador aprende que el silencio vale oro: si calla cuando debería enfadarse, lo llaman paciente; si no llora, fuerte. Lo difícil no es responder, sino desear algo y tener que fingirlo, “crear olas en la superficie de un lago tranquilo”. Su lucidez desarmada —sospecha que la educación de su madre es sobre todo un esfuerzo por no sentirse herida ella— convierte el libro en algo más que un caso clínico: una interrogación sobre si la empatía se siente o se aprende, y sobre qué queda de una persona cuando lo humano hay que memorizarlo.