Setenta y ocho relatos sobre el vínculo entre personas y gatos, reunidos en una antología que alterna figuras célebres y voces anónimas. Por sus páginas pasan los felinos de Lord Byron, John Lennon, Edgar Allan Poe, la reina Victoria,…
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Setenta y ocho relatos sobre el vínculo entre personas y gatos, reunidos en una antología que alterna figuras célebres y voces anónimas. Por sus páginas pasan los felinos de Lord Byron, John Lennon, Edgar Allan Poe, la reina Victoria, Edward Lear, Winston Churchill, las hermanas Brontë o el creador de Garfield, junto a testimonios cotidianos de quienes conviven hoy con un gato. Cada historia se acompaña de una breve reflexión que traduce el carácter felino en enseñanza para la vida diaria.
Hay una forma de afecto que solo reconoce quien ha compartido techo con un gato: una complicidad hecha de silencios, rutinas negociadas y caprichos que acaban imponiéndose. Este libro parte de esa intuición —la del único animal que, según se dice, ha domesticado al ser humano— para reunir setenta y ocho historias de convivencia entre personas y felinos.
La selección avanza en dos registros que se alternan y se iluminan. Por un lado, las biografías: Lord Byron, que llevaba consigo a sus gatos allá donde iba y dedicó versos a Beppo; John Lennon, criado entre los felinos de su madre y de su tía Mimi, que llegó a compartir casa con una decena y dibujaba gatos para hacer reír a su hijo; Edgar Allan Poe, que escribía con Catterina sobre los hombros y bautizó al gato de su relato más célebre con el nombre de uno de los suyos; Edward Lear, que mandó reproducir su casa habitación por habitación para que su gato sin cola no notara la mudanza; Winston Churchill, con su desfile de mininos en los consejos de guerra; la reina Victoria y sus persas; las hermanas Brontë y el gato que acompañó la escritura de Cumbres borrascosas; Brigitte Bardot, convertida en activista; Jim Davis, que creció entre veinticinco gatos antes de inventar a Garfield; Fernando Sánchez Dragó y su querido Soseki.
Por otro, las voces anónimas. Un crupier cuenta cómo un cachorro regalado en un tablón de anuncios se convirtió en el guardián territorial de su casa; una periodista relata la llegada sucesiva de perras y gatas hasta formar una familia de hembras que se respetan los espacios. Son historias sin épica, medidas en despertares de madrugada, rituales compartidos ante el plato de comida y ausencias que dejan un hueco físico en la cama.
Entre relato y relato aparecen pequeñas glosas —lecciones, principios, consejos— que extraen de la conducta felina una moral práctica: la fuerza que no necesita exhibirse, la ventaja de observar en silencio, la paciencia del acecho, la escritura entendida como un gato celoso que exige atención entera.
El resultado desmiente el tópico del gato arisco e incapaz de gratitud, y propone en su lugar una idea más incómoda y más cierta: que estos vínculos pueden ser tan hondos y tan incondicionales como los que tejemos con los de nuestra propia especie.