Un joven granjero cumple diecisiete años el mismo día en que su vida se derrumba: un antiguo pacto olvidado, una esfera capaz de arrasar un continente y unos perseguidores con órdenes de matarlo lo empujan a un camino que nunca eligió.
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Un joven granjero cumple diecisiete años el mismo día en que su vida se derrumba: un antiguo pacto olvidado, una esfera capaz de arrasar un continente y unos perseguidores con órdenes de matarlo lo empujan a un camino que nunca eligió.
En Corada, la convivencia entre humanos y criaturas mágicas terminó hace generaciones en una guerra que solo sobrevive como cuento para dormir. En aquel relato, los hombres exterminaron a los dragones, el último de ellos entregó voluntariamente su Alma de Dragón —el orbe donde una estirpe longeva guardaba su memoria y su poder— y un ritual mal ejecutado convirtió esa ofrenda en un arma de caos. De aquel desastre nacieron el destierro de los orcos, una cordillera levantada como frontera, un primer rey humano y tres huérfanos convertidos en custodios inmortales de un objeto que debe trasladarse de torre en torre para que no reviente. Nadie recuerda ya dónde está.
Siglos después, en la granja de Dáedros, en el confín del reino de Gadra, Batron cumple diecisiete años esperando poco más que su primera clase de equitación. Es huérfano criado por su tío Gablin, cargado con las tareas que sus primos abandonaron y con una culpa que no le pertenece: la madre de ambos murió buscándolo en la nieve cuando él era un niño. El desayuno de cumpleaños se rompe cuando Atronius, el mayor, oficial de la guardia real, desenvaina la espada ante su hermano Zaik, mensajero del reino, por una discusión sobre quién heredará el trono de un rey moribundo. El anciano echa a su primogénito de casa y cae desplomado.
Esa misma tarde, mientras Batron bebe con su amigo Rustuk en la taberna del pueblo, unos extraños empiezan a preguntar por él. Vuelve a una granja envuelta en llamas, encuentra a su tío agonizante entre los matorrales y escucha una orden que no entiende: huye. Los hombres armados que lo persiguen no buscan ganado ni cosecha; lo buscan a él, y su jefe da la orden de matarlo sin dudar. Lo que se interpone entre el muchacho y la espada es una bola de fuego, y detrás de ella un anciano de barba gris y bastón luminoso que conocía a Gablin, que sabe su nombre y que llega, según admite, demasiado tarde.
Así arranca este relato de fantasía épica: con la magia irrumpiendo en la vida de alguien que se reía de ella, con una herencia familiar rota entre dos hermanos que eligieron bandos opuestos y con un joven obligado a cambiar la granja por un mundo que solo conocía de oídas. Las historias que le contaron para dormir empiezan a cruzar la frontera de las montañas, y el pasado que su tío calló durante diecisiete años exige, por fin, respuesta.