«Algunos héroes y un cobarde» reúne un puñado de relatos que funcionan como pórtico de la novela «La Estación de los Olvidados», de la que José Rosillo anticipa aquí a sus protagonistas.
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«Algunos héroes y un cobarde» reúne un puñado de relatos que funcionan como pórtico de la novela «La Estación de los Olvidados», de la que José Rosillo anticipa aquí a sus protagonistas. Antes de que converjan en el París de 1944, cada uno recorre su propio tramo de la primera mitad del siglo XX: un joven cántabro que pierde a su familia en los primeros meses de la Guerra Civil y se echa a los caminos, un villano al que su cobardía y su ineptitud vuelven más peligroso que cualquier crueldad calculada, un boxeador atrapado entre mafiosos y un soldado francés que descubre que, dentro de su propia compañía, el extranjero es él. El hilo que los une es una idea sencilla y persistente: la del héroe anónimo, la del panadero, la enfermera o el estudiante que un día se ven obligados a decidir quiénes son.
Hay libros que se escriben para llegar a otro libro. Este es uno de ellos, y su autor lo dice sin rodeos en una introducción que ocupa tanto espacio como cualquiera de los relatos y que conviene leer como pieza autónoma. En ella José Rosillo se pregunta por el estado de un mundo que le parece adormecido —medios que reparten el papel de bueno y de malo, opiniones prestadas que enfrentan a familiares y amigos, una desigualdad tan documentada como inerte— y encuentra su contrapeso en gente concreta: quien deja su vida en Madrid para trabajar en un albergue de Cuzco, quien se juega el cuerpo en un campo de refugiados. De ahí sale la tesis que sostiene el volumen entero: cualquiera puede llevar dormido un héroe dentro, y también su contrario.
El origen del proyecto es igual de doméstico. Rosillo había empezado años atrás una novela, «La Estación de los Olvidados», ambientada en el París del final de la Segunda Guerra Mundial, y descubrió que no conocía lo bastante a sus personajes. Escribió entonces el pasado de cada uno para poder mirarlos de frente. Aquellos ejercicios privados, algunos conservados casi como se escribieron y otros rehechos con oficio, son las historias que componen este libro.
El relato inaugural, «La Noche de los Aviones», sigue a Víctor Arístegui López —Vico—, hijo de un panadero de Puentenansa cuya vida cabía entera en el horno familiar y en una muchacha llamada Ana, hasta que una madrugada de posverano una patada derriba la puerta y todo lo demás se convierte en huida. Herido por error en un descampado manchego, Vico asiste a la conversación de dos hombres que se disparan por deber y no se matan por parentesco: la escena resume, mejor que cualquier alegato, el absurdo de aquella guerra. El camino lo lleva hasta El Provencio, en Cuenca, el día del bombardeo alemán, un hecho real que el autor recoge de testigos directos y al que dedica un homenaje explícito.
A su alrededor se despliegan las otras piezas: el retrato de Klaus Hermann, el cobarde del título; la muy visual «Balada de Jock Jackson», con boxeador, mafia y clichés asumidos de buen grado; el descenso de Robert Marioni; y la historia de Gastón, soldado de La Nueve, la compañía de la 2ª División Blindada de Leclerc en la que más de ciento cuarenta de sus ciento sesenta y tantos hombres eran españoles. Seis destinos que empiezan lejos unos de otros y avanzan, sin saberlo todavía, hacia la misma ciudad.
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