Cuatro jóvenes que comparten un piso de alquiler en Granada ven cómo su vida cotidiana se tambalea el día en que el casero anuncia que les dobla la renta.
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Cuatro jóvenes que comparten un piso de alquiler en Granada ven cómo su vida cotidiana se tambalea el día en que el casero anuncia que les dobla la renta. Entre guardias de hospital, oficinas grises, un máster al que se falta el primer día y un amor convertido en refugio ideológico, la novela sigue a Coral, Júlia, Amaia y Mery durante los ocho meses que las llevan de la resignación a atrincherarse detrás de una cerradura cambiada. Una comedia amarga sobre la precariedad, la amistad que se sostiene entre lagunas y la dificultad de dejar de ser chica para llamarse mujer.
Todo empieza con una llamada a las diez de la mañana. Coral acaba de salir de una guardia, sueña con cafeterías caras y con su madre reprochándole el gusto por los chicos difíciles, y cuando el teléfono la devuelve al mundo real es Adolfo, su casero —médico en el mismo hospital donde ella trabaja de enfermera—, quien le explica con voz paternal y una retahíla de desgracias propias que no le queda otra que subirles el alquiler. Doscientos cincuenta euros por persona: literalmente el doble.
A partir de esa conversación, la novela abre el piso como una casa de muñecas y nos deja mirar dentro. Coral, veinticinco años, contratos de dos meses y una ternura que no sabe administrar, incapaz de ignorar el dolor ajeno incluso cuando lo intuye fingido. Júlia, la mejor de su clase, premio extraordinario y doble grado, ahora junior en una consultora a miles de kilómetros de su Barcelona, sosteniendo con autoestima blindada y rayos UVA a cinco euros la imagen de una mujer poderosa que su nómina no financia. Amaia, que se mudó desde Vitoria para buscar raíces andaluzas, coleccionista de una ingenuidad tan trabajada que ya es carácter, y que despertó a la conciencia política el día en que se enamoró de un comunista. Y Mery, cuya rabia acabará siendo la chispa.
La autora narra desde una voz cómplice y ligeramente burlona que se permite entrar en los sueños de sus personajes, corregir lo que no dijeron y contarnos lo que piensan las unas de las otras: que Júlia es una rata, que Coral es una manirrota, que ninguna de las dos se equivoca del todo. Ese contraste entre lo que se dice y lo que se calla es el verdadero motor del libro. Se quieren y también se odian un poco, conviven entre vacíos de información y se aferran a la percepción; la amistad aquí no es un refugio idealizado, sino un acuerdo frágil que hay que renovar cada mes, igual que el contrato.
Alrededor de ellas, un retrato de época sin subrayados: oficinas diáfanas de PVC y subrayadores gastados, mánagers que se toman confianzas, becarias a las que se envidia sin motivo, notificaciones de Vinted, pisos con gotelé y ventanas que no aíslan, cerraduras inteligentes donde antes había timbres, entradas de concierto que valen más que un mes de tranquilidad. Granada no es decorado: es una ciudad que las acoge y a la vez las expulsa, hermosa en septiembre y cara todo el año.
El prólogo ya nos ha adelantado el final del trayecto —cuatro chicas detrás de una puerta que se niegan a abrir, un casero furioso en el rellano, una amenaza de llamar a la policía y una respuesta que invita a llamar también a la televisión—, de modo que la tensión no está en qué ocurre, sino en cómo se llega hasta ahí. La novela reconstruye ese camino con humor seco y una lucidez incómoda: la de descubrir que la vida adulta prometida no llega, que la independencia se parece bastante a no poder decidir nada, y que a veces la única forma de crecer es plantarse.
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