En una aldea pesquera del oeste de Noruega, el verano de 1936 llega con un calor impropio del círculo polar ártico y con noches en las que los ancianos cuentan historias en la plaza.
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En una aldea pesquera del oeste de Noruega, el verano de 1936 llega con un calor impropio del círculo polar ártico y con noches en las que los ancianos cuentan historias en la plaza. Una de esas noches, Laura, de diez años, sigue una lucecita que tintinea y se pierde en el bosque. Aparece al día siguiente, pero vuelve a desaparecer para siempre. Carlos, su amigo de trece años, será el siguiente en escuchar las campanillas, y la aldea empezará a callar un nombre que nadie se atreve a pronunciar.
Tau es una aldea diminuta asomada a un mar oscuro y helador, donde bañarse es una temeridad y los inviernos se anuncian pronto. El verano de 1936, sin embargo, trae un calor sofocante que altera las costumbres: nadie duerme, y los vecinos se reúnen de madrugada en la plaza para escuchar los relatos de los mayores. Entre ellos está Carlos, un chico de trece años que narra los hechos mucho después, con la memoria trabajosa de quien intenta ordenar algo que nunca terminó de entender.
La noche en que su amiga Laura se marcha a casa antes que él, una luz minúscula parpadea al fondo de una calle, acompañada de un repique de campanillas. La niña la sigue, hipnotizada, hasta perderse en la arboleda. La encuentran a la mañana siguiente y todo parece explicarse; pero al amanecer del día después su cama está hecha, intacta, y Laura ya no vuelve. Los años pasan sin rastro. Semanas más tarde, la misma luz danzante encuentra a Carlos en la niebla, y él tampoco puede resistirse.
La novela avanza como una crónica de pueblo: las rondas de dos agentes cuyos zapatos de suela dura se oyen calle arriba, la fiesta pesquera de finales de septiembre, el licor local que tumba a los forasteros, las jornadas de pesca con Tomi, el pupitre vacío en la escuela. Bajo esa superficie cotidiana se instala una desconfianza nueva: los niños dejan de jugar en la calle, las conversaciones se cortan cuando un joven se acerca, y siempre reaparece la mención en voz baja de un “hombre” al que alguien silencia con un dedo en los labios. Los policías dejan escapar que el patrón ya se dio décadas atrás.
Un breve destello inicial sitúa el desenlace más de siglo y medio después, cuando dos hermanos pequeños, tataranietos de aquella historia, desaparecen de sus camas la primera noche que pasan juntos bajo el mismo techo. Con voz oral y digresiva, cargada de comparaciones y de detalle costumbrista, el relato construye un terror hecho de ausencia: lo que se lleva a los niños no se muestra, se intuye, y solo sigue actuando mientras alguien continúe pensando en él.
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