Una narradora sin nombre vive de encargos que duran lo que dura un contrato: lustra zapatos en una estación de tren, limpia ventanas de rascacielos, dirige el tráfico, posa como maniquí y, un buen día, sustituye al Presidente de la Junta…
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Una narradora sin nombre vive de encargos que duran lo que dura un contrato: lustra zapatos en una estación de tren, limpia ventanas de rascacielos, dirige el tráfico, posa como maniquí y, un buen día, sustituye al Presidente de la Junta de una corporación inmensa. Su agencia de colocación —y Farren, la asesora de uñas brillantes que reparte los destinos como un oráculo— le promete que la constancia conduce a algo llamado la permanencia. Mientras tanto, ella colecciona novios intercambiables a los que nombra por su rasgo distintivo, carga al cuello las cenizas de un difunto que se niega a callarse y acaba embarcada en un navío pirata recién rebautizado. Una fábula seca y luminosa sobre el trabajo eventual como forma de existir a prueba.
La protagonista de esta novela es una eventual, y eso —insiste el libro— no es un oficio sino una condición. Su vida llega parcelada en llamadas de lunes y viernes, en trayectos breves, faldas breves y estancias breves. Una agencia de colocación situada en la parte alta de la ciudad amasa su currículum hasta convertirlo en una sucesión de sueldos que constituyen un sustento, y le asigna, con fiable alquimia, un puesto tras otro: guardadora de folletos, verificadora de datos y, más adelante, verificadora de conjuros. La meta declarada tiene nombre casi litúrgico: la permanencia, la estabilidad, ese estado del que otros hablan como de una revelación física —el pulso acelerado, el escalofrío— y que ella teme no reconocer si alguna vez le llega.
El relato avanza como una escalera de encargos cada vez más improbables. Ella sustituye a limpiadores de ventanas que bailan por la fachada de los rascacielos, a la mujer que para taxis en un cruce célebre, a los maniquíes de unos grandes almacenes durante las Navidades. Ordena durante años la colección de zapatos de una señora que jamás se los pone y que ha convertido el deshacer en un juego. Ocupa el sillón del Presidente de la Junta de la Major Corp, donde se vota sobre la frecuencia y el contenido de las próximas votaciones. Cuando el auténtico Presidente aparece, pelando pistachos en la despensa de aperitivos y anunciando tranquilamente que se está muriendo, le encarga la tarea más rara de todas: llevarlo consigo a ver mundo. Sus cenizas terminan dentro de un colgante, y el muerto resulta ser un compañero locuaz y algo quejica. El último destino la deposita en un barco sin enseñas, tripulado por antiguos ciberpiratas que han hecho un rebranding y aún estudian propuestas para la bandera, donde el mareo se cura pensando mucho en lo mucho que se desea el trabajo.
Entre capítulo y capítulo se intercala un mito de fundación: los dioses crearon a la Primera Eventual para poder tomarse un descanso, le dieron sus contraseñas y un archivador compartido de toda clase conocida de cosa, y tuvieron que clavarla al suelo porque aún no habían inventado la gravedad. Ella asignó su puesto a los árboles, a los fósiles y a las playas, y preguntó si podía quedarse; los dioses se rieron y se fueron a almorzar.
La voz narrativa es el gran hallazgo del libro: deadpan, cortés hasta el desamparo, capaz de encontrar ternura en una taza sin lavar y de traducir el idioma del trabajo —recursos humanos, folletos, material propiedad de la empresa— a una comicidad que no deja de doler. Los novios, nombrados por atributos (el formal, el alto, el manitas, el culinario, el agnóstico, el flâneur), forman un archipiélago afectivo tan rotatorio como los empleos. Bajo el disparate hay una pregunta insistente y muy actual: qué queda de una persona cuando su lugar en el mundo se define exclusivamente por el puesto que ocupa, y qué se pierde cuando ese puesto siempre pertenece a otra.