Reunión de poemas de un autor catalán decimonónico que convierte el pulso entre la razón científica y el sentimiento en materia lírica. Con ironía seca y un vocabulario tomado del laboratorio —fibrina, médula espinal, fórmulas—, estos…
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Reunión de poemas de un autor catalán decimonónico que convierte el pulso entre la razón científica y el sentimiento en materia lírica. Con ironía seca y un vocabulario tomado del laboratorio —fibrina, médula espinal, fórmulas—, estos versos desmontan el amor, la fe, la gloria y el honor hasta dejarlos reducidos a su cifra material, y luego se detienen ante lo que el análisis no explica. Un prólogo en prosa fija el propósito: retratar el malestar moral de una época de transición.
El libro se abre con «Cuatro palabras», una nota preliminar en la que el autor responde a quienes bautizaron la primera edición como pesimista o escéptica. Su defensa es también su programa: quiso reflejar el malestar moral que produce la lucha sin tregua entre el sentimiento y la razón dentro de un mismo ser. El sentimiento, sostiene, llega antes —herencia recibida de los padres—; la razón, al desarrollarse, encuentra ocupados sus dominios y debe pelear a brazo partido hasta rendirse o vencer. Confía en que tiempos futuros vean esa intranquilidad como un caso clínico, aunque prefiere escribir poesía para el presente antes que preparar piezas anatómicas para el porvenir.
Lo que sigue cumple esa promesa con una constancia notable. «De omni re scibili» proclama un saber total —el rubor es sangre arterial, la virtud unas partículas de albúmina, el genio un producto del sistema nervioso— y se quiebra en el último verso ante «un algo, un no sé qué» que la ciencia no nombra. «Fabulita» reduce un diamante a carbono y concluye advirtiendo contra el análisis. «Indigestión» imagina una cabeza que devora la inocencia, las ilusiones y por fin el corazón. «Mis cuatro muertes» encadena cuatro desengaños sucesivos —amor, amistad, gloria, ciencia—, cada uno con su muerte y su resurrección.
La mirada se abre luego a lo social y lo moral. «Libertad» recorre la vida entera como una sucesión de servidumbres apenas elegidas; «¡Oh! ¡¡El honor!!» expone, con estribillo burlón, las conveniencias que ese nombre encubre; «Epístola» ofrece consejos mundanos de una cínica precisión. «Rojos y blancos» enfrenta la violencia de una revuelta con la de un auto de fe y encuentra en la segunda la crueldad más fría. Otras piezas se detienen en el límite del conocimiento: un ciego describe el color rojo por analogías imposibles, y los sabios que descubren un planeta o descifran un alfabeto callan ante el enigma del ser.
El conjunto alterna poema extenso y epigrama, fábula y confesión, con una versificación ágil y un humor que rara vez suelta su filo. Entre la sátira de costumbres, la disputa con el darwinismo y el terror de «Delirium», persiste una sola pregunta: qué queda de nosotros cuando todo ha sido explicado.