Una biografía a cuatro manos de Alejandra Pizarnik que, apoyada en diarios, cuadernos y correspondencia inéditos, reconstruye la vida de la poeta argentina desde su infancia en Avellaneda hasta su muerte en 1972, y desarma el mito para…
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Una biografía a cuatro manos de Alejandra Pizarnik que, apoyada en diarios, cuadernos y correspondencia inéditos, reconstruye la vida de la poeta argentina desde su infancia en Avellaneda hasta su muerte en 1972, y desarma el mito para mostrar a la mujer que lo construyó.
Buma, Flora, Blímele, Alejandra, Sasha: cinco nombres para una misma vida. Con esa enumeración se abre un libro escrito por dos investigadoras que llevaban décadas siguiendo el rastro de Alejandra Pizarnik por separado y decidieron unir sus archivos. Cristina Piña había publicado en los años noventa la primera biografía de la poeta, construida casi enteramente sobre testimonios orales de quienes la conocieron, cuando aún faltaban los diarios, los borradores, la correspondencia y la voz de la familia. Patricia Venti llegó a Pizarnik por azar, a través de un libro de poemas comprado de segunda mano en Maracaibo y una revista venezolana olvidada en su biblioteca, y desde allí emprendió años de recopilación de textos dispersos en publicaciones periódicas, dos estancias de un mes en la Universidad de Princeton y viajes a Buenos Aires tras las huellas de la escritora.
Entre una y otra investigación se abrió lo que el libro llama una catarata de documentos: la correspondencia recopilada desde fines de los noventa, las ediciones de su poesía y su prosa, las sucesivas y siempre incompletas versiones de sus diarios, las cartas con su analista, la biblioteca personal depositada en instituciones públicas y, sobre todo, el fondo de papeles que la familia entregó a Princeton tras un itinerario azaroso que pasó por manos amigas y por la albacea literaria de Julio Cortázar. Con ese material, más las conversaciones con su hermana Myriam y el encuentro con la rama francesa de los Pozarnik, las autoras rehacen la genealogía: la partida desde Rowno bajo el avance del nazismo, el paso por París, la llegada en 1934 al puerto de Buenos Aires de una pareja joven que no hablaba el idioma, el apellido alterado por la pluma de un empleado de inmigración, la lenta prosperidad de un padre vendedor y músico aficionado, los hermanos y tíos con formación universitaria que explican de dónde venía la pasión por la palabra, y los horrores familiares en Ucrania y el Báltico que dejaron en la casa una atmósfera de tristeza heredada.
El libro examina también cómo se fabricó un personaje. Las autoras leen la estética de Pizarnik en la estela de una tradición que concibe la poesía como acto absoluto y ético, y muestran de qué modo esa concepción moldeó su biografía hasta hacer de la vida la materialización de la poética. Discuten los fragmentos del diario de 1950, escritos con una lucidez casi imposible de atribuir a una adolescente de catorce años, y la posibilidad de que se trate de reescrituras posteriores. Registran el secretismo que rodea su figura, las contradicciones entre testimonios, la tendencia de quienes la recuerdan a ocupar un lugar protagónico en su historia, y la idealización que ha vuelto casi intocable su nombre. No prometen la verdad: sostienen explícitamente que no existe, que cada persona se dibuja distinta según quién la mire, y que este volumen no es una novela ni una hagiografía sino un documento sobre los momentos y las personas que marcaron una existencia.
El resultado es el retrato de una Pizarnik más compleja, desgarradora, entrañable, transgresora e insufrible que la conocida hasta ahora: un viaje por una vida breve y dolorosa que terminó en la madrugada del 25 de septiembre de 1972, en un departamento donde quedaron las muñecas maquilladas, los últimos papeles de trabajo y una frase escrita a mano.
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