Cuando el rey Rodmine muere y la corte queda a merced del duelo, la nana Sari huye del castillo con Alanys, una niña de seis años que acaba de perderlo todo.
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Cuando el rey Rodmine muere y la corte queda a merced del duelo, la nana Sari huye del castillo con Alanys, una niña de seis años que acaba de perderlo todo. Detrás quedan tres hermanos, una madre que se apaga entre tazas humeantes y una advertencia susurrada que Sari prometió cumplir sin entenderla. Alanys es una novela de intriga cortesana y linaje amenazado, donde la lealtad de una criada pesa más que cualquier ejército y el peligro tiene rostro familiar.
En el reino de Eterliv, la noche en que nació Alanys las estrellas se movieron por el cielo, y los viejos sabios dijeron que los niños nacidos bajo esa lluvia serían bendecidos con la grandeza. Su padre, el rey Rodmine, que ya tenía tres varones para asegurar el linaje, la recibió como la luz de sus ojos. Sari, la nodriza que ayudó a traerla al mundo, no volvió a separarse de ella.
Años después, el reino se quiebra en silencio. Radmon, el primogénito serio y meticuloso, es coronado sin ceremonia junto al lecho de su padre moribundo. Dalior, el menor de los varones, recorre las regiones recaudando impuestos, encantado con su libertad y con la hija de un Lord a la que no se atreve a cortejar. Y Zael, el hermano del medio, regresa tras cinco años de viaje sin contar apenas nada de lo que vio, cargando una bolsa de hojas secas atada a la cintura y una calma que a nadie termina de tranquilizar.
Cuando el rey muere, la reina Molena se apaga. No hay enfermedad que los sanadores puedan nombrar: solo una mujer que duerme demasiado, que confunde a su hija con una desconocida y que un día, en un instante de lucidez febril, toma las manos de Sari y le hace prometer que Zael jamás se acerque a Alanys. Sari lo atribuye al delirio. Hasta la noche en que encuentra al príncipe sentado en la cama de la niña, con una taza humeante entre sus manos pequeñas y las mismas hojas trituradas en el fondo.
La novela se abre con la huida: dos figuras cruzando el jardín en medio del caos, un bosque, un riachuelo, una anciana desconfiada y cinco monedas de oro dejadas sobre una mesa a cambio de un caballo. Desde ahí, el relato retrocede para reconstruir cómo una familia poderosa llegó a ese punto, capítulo a capítulo, hermano a hermano.
Escrita en una prosa directa y de escenas breves, con abundante diálogo y una atención constante al detalle doméstico —el agua, el pan caliente, un peine comprado en el mercado, un rubí en forma de lágrima—, Alanys construye su tensión desde lo íntimo. No hay batallas: hay una taza que no debería beberse, una promesa hecha a una moribunda y una niña de seis años que aún no sabe por qué corre.