En un reino donde la espada y la magia se reparten por sexo y por costumbre, dos mellizos idénticos deciden intercambiar el destino que su padre les impuso.
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En un reino donde la espada y la magia se reparten por sexo y por costumbre, dos mellizos idénticos deciden intercambiar el destino que su padre les impuso. Alanna de Trebond parte hacia el palacio real disfrazada de muchacho para formarse como paje, mientras su hermano Thom viaja al convento para estudiar hechicería. Primera entrega de la serie La canción de la leona, esta novela de Tamora Pierce sigue los primeros pasos de una niña que aprende a manejar el acero, a esconder quién es y a medir el precio de la gloria que tanto ansía.
Lord Alan de Trebond dicta el futuro de sus hijos sin levantar la vista de sus manuscritos: la niña al convento, el niño al palacio. Es la decisión previsible de un padre ausente, y es justamente esa indiferencia la que sus mellizos convierten en oportunidad. Thom quiere conjurar hechizos y hablar con los dioses; Alanna sueña con torneos, armaduras y batallas. Idénticos salvo por el largo del cabello, comprenden que basta una carta falsificada —Thom imita la letra paterna con inquietante facilidad— y unas tijeras para invertir sus caminos.
Antes de partir, la sanadora Maude accede a leer el fuego. Lo que ve la deja envejecida y muda; lo que Alanna ve por su cuenta —una ciudad de piedra negra reluciente que le hiela la sangre— no debería haber sido visible para ella en absoluto. Maude bendice el engaño, pero acompaña su permiso con una advertencia que la novela no deja caer: Alanna posee un don de sanación más poderoso que cualquiera que la mujer haya conocido, y toda vida que se cobre en combate será una deuda que solo podrá saldar curando.
El camino a Corus trae el primer obstáculo humano. Coram Smythesson, antiguo soldado del rey convertido en sirviente de la casa, descubre la sustitución a medio viaje y reacciona con furia. Lo que finalmente lo desarma no son las amenazas ni el brandy que Maude coló en su bota de vino, sino la evidencia: cuando su caballo se encabrita ante una serpiente, es Alanna quien se lanza a sujetar las riendas. Coram lleva años deseando en secreto que la valiente de los dos hubiera nacido varón.
En el palacio, el duque Gareth de Naxen recibe a «Alan de Trebond» con un itinerario de ocho años: servir la mesa, correr recados, dedicar medio día a las armas y el otro medio a los libros, ascender a escudero a los catorce y enfrentar a los dieciocho la Ordalía de Caballería, prueba que no todos sobreviven —el duque muestra la mano a la que le falta un dedo como recordatorio—. Alanna sortea a los sastres con el corazón en la boca y estrena el uniforme escarlata y dorado como quien estrena una identidad. El alivio dura poco: en el pasillo del ala de los pajes la espera Ralon, un muchacho mayor con ganas de poner a prueba al recién llegado.
Pierce construye su mundo con economía y sin solemnidad: Tortall aparece a través del mercado de Corus, los templos de cien dioses, las guardianas armadas de la Gran Madre y el camino que sube hasta las murallas del palacio. Bajo la aventura late una pregunta que el libro plantea desde el primer capítulo y no resuelve fácilmente: qué está dispuesta a sacrificar Alanna —el vínculo con su hermano, su magia, su propio nombre— por vivir la vida que le corresponde. Es el comienzo de una leyenda, contado desde su parte menos legendaria: el miedo, la impostura y el trabajo diario.
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