Viena, enero de 1777. Franz Anton Mesmer, médico célebre y discutido, cruza la ciudad nevada rumbo a la casa del secretario de la Corte Paradis: allí lo espera María Teresa, una joven pianista admirada por la emperatriz que quedó ciega en…
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Viena, enero de 1777. Franz Anton Mesmer, médico célebre y discutido, cruza la ciudad nevada rumbo a la casa del secretario de la Corte Paradis: allí lo espera María Teresa, una joven pianista admirada por la emperatriz que quedó ciega en la infancia, de un día para otro, tras una noche de gritos y oscuridad. Con imanes, agua de rosas y una teoría propia sobre las corrientes invisibles que atraviesan los cuerpos, Mesmer emprende un tratamiento que devolverá a la muchacha algo de visión mientras le arrebata parte de su música. Alissa Walser narra ese cruce entre ciencia, sugestión y arte con una prosa breve y sensorial, atenta a lo que el cuerpo sabe antes que las palabras.
La novela se abre con un hombre bajando una escalera a oscuras. Es Mesmer, el médico más conocido de Viena, y esa mañana de invierno tiene por delante la visita que puede decidir su carrera. Antes de salir elige la levita de seda gris azulada, se da un toque de agua floral en la frente y guarda tres imanes —dos ovalados, uno con forma de corazón— en un saquito forrado de celeste, con uno escondido junto al pecho: nadie debe preguntarse por qué quien cura con magnetismo necesita llevarlo encima.
Lo que encuentra en la casa Paradis lo deja sin habla. María Teresa, la hija ciega del secretario de la Corte Imperial, aparece cargada de polvos, lazos, campanitas y una torre de pelo con nidos y pájaros disecados: una muñeca empujada por manos ajenas, con los ojos apretados como en un espasmo. El padre habla por ella, calcula honorarios y linajes, recuerda la pensión vitalicia que la emperatriz le concedió tras oírla tocar; la madre intenta completar frases que no la dejan terminar. Mesmer escucha, observa, registra: la primera impresión será la medida de todo lo que venga después.
De ese encuentro nace el eje del libro, los meses de tratamiento en la casa del médico, donde la música es a la vez terapia, lenguaje y campo de disputa. A medida que la joven empieza a distinguir formas y luces, algo se desordena en su manera de tocar: lo que gana el ojo lo pierde la mano, y la relación entre médico y paciente se vuelve tan ambigua como difícil de nombrar. Alrededor, la ciudad murmura. Los mismos médicos de corte que antes la declararon incurable —el profesor van Störck, el famoso operador de cataratas, el vacunador inglés que primero se dice convencido y después denuncia fraude— cierran filas contra el método y su autor. Mesmer termina marchándose a Francia. Años más tarde, María Teresa, ya una intérprete célebre, viaja a París para dar un concierto en la ciudad donde vive su antiguo médico.
Walser escribe en presente, en frases cortas que siguen el pensamiento de Mesmer como si lo escucháramos por dentro: la nieve que cae como notas negras sobre papel blanco, el Danubio usado como reloj, Newton citado a media voz, la certeza de que los cuerpos perciben lo que ningún barómetro puede medir. El resultado es una novela sobre el punto exacto en que una convicción se vuelve método y un método se vuelve espectáculo; sobre lo que significa curar a alguien de aquello que también lo define; y sobre una mujer a la que todos —padres, médicos, emperatriz, público— quisieron ver de una manera distinta a como ella se oía a sí misma.
Título original: Am Anfang war die Nacht Musik. Traducción del alemán de Claudia Baricco.
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