Narrada en primera persona, «Al otro lado del abismo» sigue a Abril, una mujer que despierta en la habitación de un hospital después de intentar quitarse la vida y que, desde esa frontera, empieza a reconstruir el mapa de cómo llegó hasta…
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Narrada en primera persona, «Al otro lado del abismo» sigue a Abril, una mujer que despierta en la habitación de un hospital después de intentar quitarse la vida y que, desde esa frontera, empieza a reconstruir el mapa de cómo llegó hasta allí. Entre las visitas de los psiquiatras, el regreso a una casa recién limpiada y las primeras reuniones de un grupo de apoyo, la voz de la protagonista alterna el presente frágil de la convalecencia con los recuerdos que lo explican: la muerte de un padre al que no conoció, la crueldad doméstica de una tía, un matrimonio que se apagó y dos hijas adolescentes que ya no saben cómo hablarle. Mayte Tomás construye un relato sobre la depresión, la adicción y el difícil oficio de seguir vivo cuando el cuerpo ya sanó y el alma todavía no.
La novela se abre en el instante exacto en que una vida se decide: una mujer prepara con método casi ceremonial su despedida —las velas, el agua caliente, las copas contadas— y, cuando ya no hay marcha atrás, algo en ella se rebela y busca a tientas un teléfono. Lo que sigue no es el relato de una muerte, sino el de un regreso incómodo. Abril despierta en una habitación blanca donde nada resalta, «ni siquiera yo», y donde una psiquiatra le formula la pregunta que organizará todo el libro: si de verdad quería acabar, ¿por qué llamó a emergencias?
A partir de ahí, la narración avanza en dos tiempos que se trenzan. En el presente, Abril transita los días torpes de la recuperación: la medicación que le vuelve las piernas de plomo, unas jornadas en un hostal mientras alguien borra de su casa el rastro de lo ocurrido, la manga larga elegida para que sus hijas no vean las muñecas, las primeras semanas de abstinencia contadas como quien bate un récord privado. En el pasado, la protagonista revisa las piezas de una biografía que nadie miró a tiempo: la historia del accidente en el barco de arrastre que su tío Felipe repetía hasta el hartazgo, con esa tartamudez suya que convertía el duelo en letanía; la casa de la tía Isabel, donde el castigo llegaba disfrazado de lección y el primer vaso de ginebra, ofrecido a los doce años como remedio contra el dolor, inauguró un alivio que acabaría devorándola.
En el centro del libro está la maternidad narrada sin coartadas. Abril recuerda su embarazo feliz, el matrimonio con Enrique que empezó como una fiesta compartida y terminó en portazos y reproches, las noches en vela con dos gemelas mientras el reparto del cuidado se volvía una condena de una sola persona. Y recuerda el momento en que la culpa y la botella se encontraron. Ahora Katy y Paula tienen edad de contestar, vuelven de un viaje de fin de curso peleadas entre sí y rechazan hasta el desayuno que su madre les prepara; entre ellas y Abril hay un muro que ella se propone escalar de nuevo, sabiendo cuántas veces ha fracasado.
El tono es directo, coloquial y por momentos áspero, con capítulos encabezados por breves apuntes casi poéticos que funcionan como respiraderos entre episodios duros. La autora no busca la lección edificante ni el consuelo rápido: nombra la enfermedad mental como enfermedad, se enfrenta al estigma de quienes creen que hacen falta motivos para enfermarse y describe el alcohol no como vicio sino como analgésico de una herida anterior. La esperanza que aparece es modesta y verificable —un peldaño subido, un día sin beber, una mano que se estrecha entre las suyas—, y convive con la desconfianza que la protagonista sigue sintiendo hacia sí misma.
«Al otro lado del abismo» es, en definitiva, el testimonio narrativo de una mujer que aprende a mirar hacia atrás sin caerse: un libro sobre la depresión heredada del silencio familiar, sobre lo que cuesta pedir ayuda y sobre esa zona intermedia, ni muerte ni vida plena, desde la que algunos aprenden a empezar otra vez.
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