Bárbara despierta a oscuras, dolorida y sin memoria reciente, dentro de un ataúd cerrado en el viejo cementerio de Sheol. Cuando por fin logra salir, descubre que la ciudad que conocía ha desaparecido bajo la niebla: fosas comunes a medio…
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Bárbara despierta a oscuras, dolorida y sin memoria reciente, dentro de un ataúd cerrado en el viejo cementerio de Sheol. Cuando por fin logra salir, descubre que la ciudad que conocía ha desaparecido bajo la niebla: fosas comunes a medio tapar, portales atrancados por sus propios vecinos, carreteras sin un solo coche y muertos que caminan y se alimentan. Primer tomo de «Al otro lado de la vida», esta novela arranca con una huida a pie, sin armas ni plan, y convierte cada calle vacía en un cálculo de supervivencia.
El primer tomo de «Al otro lado de la vida» comienza con una de las imágenes más antiguas del miedo humano: alguien que despierta encerrado en un féretro y no sabe cómo ha llegado allí. Es el 28 de septiembre de 2008 y Bárbara recupera la conciencia a oscuras, con todo el cuerpo dolorido, golpeando una tapa que no cede. Lo que la libera no es un rescate, sino el azar: otro ataúd apilado encima acaba precipitándose al suelo. Cuando por fin se incorpora, lo que la rodea no es un entierro, sino un cementerio abandonado a media faena, con la niebla borrando los cipreses, una excavadora sin combustible detenida frente a una fosa común y, dentro de ella, algo que todavía se mueve.
A partir de ahí la novela se sostiene sobre un gesto muy concreto: caminar. Bárbara no dispone de armas, ni de refugio, ni de compañía; apenas va calzada. Su primer acto de supervivencia consiste en arrodillarse junto al cadáver de una mujer de su misma edad y estatura —«podría haber sido ella misma»— para quitarle las zapatillas y la camiseta. El relato mide la degradación del mundo por ese tipo de detalles domésticos: un titular de periódico fechado quince días antes que anuncia que los muertos caminan, un portal bloqueado con muebles y carros de la compra arrojados por el hueco de la escalera, un cartel de campaña de vacunación gratuita firmado por una compañía farmacéutica cuyo logotipo Bárbara arranca y arruga con desprecio.
El acoso llega en tres formas distintas y todas inquietan por motivos diferentes. Un joven de torso desnudo la persigue a la carrera y solo queda atrás porque él mismo, al embestir, cierra el portón del cementerio. Un cuerpo semienterrado la agarra por el tobillo con una fuerza imposible y se sirve de ella para desenterrarse. Y un niño de no más de diez años, arrodillado sobre una chica que ya no cumplirá los dieciséis, se limita a gruñirle para reclamar su comida. Frente a ellos, una aparición fugaz —una bicicleta roja y una niña con vestido rosa que se disuelven en la niebla— siembra la duda sobre si Bárbara sigue siendo dueña de sus sentidos.
El tramo final del arranque es puro descenso hacia el interior: un contenedor de basura empujado hasta debajo de una escalera de incendios, seis balcones tapiados desde dentro uno tras otro, una azotea con ropa aún tendida y, por fin, una puerta abierta en un sexto piso donde una placa anuncia a un matrimonio ausente. Bárbara entra en una casa demasiado ordenada, envidia una fotografía de playa tomada antes de que todo empezara y coge de la encimera el cuchillo más grande que encuentra, sabiendo que no bastará.
Con una prosa directa y un pulso de amenaza sostenida, el libro se emparenta abiertamente con la tradición del cine de muertos vivientes y de la ciencia ficción distópica —las citas que lo abren lo declaran sin disimulo—, pero su interés está menos en el monstruo que en la mecánica del miedo: la claustrofobia, el hambre, el cálculo constante de dónde dormir, y esa ley no escrita, obedecida por todos, según la cual ya no queda nada que sea de nadie. La sección inaugural, titulada «Segunda opinión médica», deja además una pista sembrada —la herida cosida en un cráneo, la vacuna, la marca farmacéutica— que sugiere que el origen del desastre no fue casual.
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