Mientras intenta escapar de Lucrecia, Ruth es rescatada por Casandra, quien la arrastra a un futuro próximo donde la humanidad agoniza. En el luminoso año 2099, apenas queda un año antes del fin de todo.
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Mientras intenta escapar de Lucrecia, Ruth es rescatada por Casandra, quien la arrastra a un futuro próximo donde la humanidad agoniza. En el luminoso año 2099, apenas queda un año antes del fin de todo. Para evitar el apocalipsis, Ruth debe infiltrarse en los planes de Artemisia, su misteriosa jefa, quien posee claves sobre los verdaderos responsables de la catástrofe. Pero mientras salta por el tiempo, descubriendo que cada viaje consume sus fuerzas, Ruth se da cuenta de una verdad aterradora: quizá el futuro no puede ser cambiado.
En este tercer tomo de la serie, Ruth Hevia vuelve a verse atrapada en las maquinaciones de la Agencia Corazón Eterno, aunque esta vez las circunstancias son aún más desgarradoras. Cuando Lucrecia, la desequilibrada hija de Artemisia, intenta atacarla sin piedad, Casandra aparece en el último momento para rescatarla, arrebatándola del presente hacia una futura distopía. En ese futuro próximo, en el luminoso año 2099, Casandra le confía a Ruth un secreto que hace que todo lo anterior palidezca: la humanidad tiene los días contados. En apenas un año, todo se desmorona. El fin del mundo no es una especulación sino una certeza casi confirmada.
La búsqueda desesperada de respuestas comienza. Casandra y sus hermanas viajeras han pasado años intentando alterar el curso de los eventos, pero cada cambio que logran en el tiempo no modifica el resultado final: la destrucción es inevitable. Dos tías desaparecidas, viajes al futuro del futuro de los que nunca regresaron, y un panorama cada vez más terrorífico. La causa probable: una guerra nuclear devastadora, aunque hay otros nombres que aparecen en la ecuación letal. John Van Halt, primer ministro británico en ese futuro, y Luke Petrosian emergen como posibles desencadenantes de la catástrofe.
Ruth se ve obligada a regresar al presente con una misión casi imposible. Debe infiltrarse entre los planes de Artemisia, obtener información que su jefa ha guardado celosamente, y todo mientras el chip que porta en su cuerpo la vigila constantemente. Pero la verdadera complejidad radica en que no está segura de poder cambiar nada. ¿Y si los saltos temporales son un mero espejismo? ¿Y si la humanidad está condenada de todas formas? Ruth tendrá que navegar entre el cinismo de la supervivencia, las emociones turbulentas y la presión de saber que el tiempo se agota.
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