En el Boston nocturno, envuelto en niebla y silencio, Duncan regresa a la guarida del gang que lo reclamó tras pagar su liberación. Pero su regreso no es bienvenida: sospechosos de traición, sus antiguos hermanos lo esperan con la certeza…
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En el Boston nocturno, envuelto en niebla y silencio, Duncan regresa a la guarida del gang que lo reclamó tras pagar su liberación. Pero su regreso no es bienvenida: sospechosos de traición, sus antiguos hermanos lo esperan con la certeza de su culpa. Entre interrogatorios cargados de violencia y amenazas veladas, Duncan se debate entre negar lo innegable y confesar lo que no sabe. La droga, la Policía Federal y una mujer del pasado tejen una red de la que no hay salida.
En las calles de Boston, bajo una espesa niebla que envuelve la ciudad como un sudario, Joe Duncan se ve arrastrado nuevamente a la clandestinidad. El joven, de apenas treinta años, fue alguna vez un delincuente menor hasta que una mujer intercedió por su libertad, y el jefe del gang pagó diez mil dólares para su rescate. Ahora, tiempo después, lo reclaman en el seno de una organización criminal que trasciende el simple contrabando de cocaína para adentrarse en conspiraciones de sabotaje: centrales eléctricas, fábricas de armas, comunicaciones nacionales.
Pero el regreso no presagia nada bueno. En el apartamento 588 de Hannover Street, Duncan es recibido no como un soldado de confianza, sino como un traidor. El jefe, pálido y ominoso, lo acosa con acusaciones mortales: ¿qué reveló a la Policía Federal durante su detención? La droga que Duncan consumía lo debilitó, le soltó la lengua bajo interrogatorios brutales que dejaron su cuerpo marcado de verdugones. Ahora enfrenta el dilema imposible de los condenados: negar todo mientras sus verdugos no creen nada, o confesar complicidades que lo perdería de igual manera.
Rodeado de hombres tan despiadados como él mismo, Duncan percibe en cada rostro la sentencia anticipada. Parks, el sicario del jefe, juega con un cordón de seda teñido de promesa de muerte. Los minutos se cuentan como si fueran sus últimos. La Policía merodeaba las calles cercanas; tal vez Duncan las llevó allí. Tal vez, en efecto, sea un traidor. O tal vez, simplemente, sea un hombre atrapado entre mundos antagónicos, sacrificable en el juego de poderes que trasciende su propia vida.