Ainara viaja a Suiza con un grupo de intercambio, pero su verdadero itinerario es otro: contar calorías, esquivar comidas y esquivar también a Julia, la amiga que su hermano Rex ha puesto a vigilarla.
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Ainara viaja a Suiza con un grupo de intercambio, pero su verdadero itinerario es otro: contar calorías, esquivar comidas y esquivar también a Julia, la amiga que su hermano Rex ha puesto a vigilarla. Entre montañas heladas, un lago nocturno y un chico inglés llamado Oliver que insiste en mirarla sin juzgarla, esta primera entrega de la Trilogía nerviosa retrata desde dentro la voz de un trastorno alimentario y el difícil pulso entre la enfermedad y el deseo de vivir.
Un baño de gasolinera en algún punto de Francia, veinte kilómetros antes de Zúrich, y una chica que se aferra al lavabo mientras la vista se le vuelve negra. Así arranca la historia de Ainara: comprando una chocolatina que teme, masticándola durante minutos para que su acompañante la vea comer, midiendo cada gramo de lo que entra en su cuerpo como si de ello dependiera todo.
El destino oficial del viaje es un intercambio de verano en Suiza; el destino real es una tregua. Lejos de casa, de la academia de ballet donde debe defender su puesto de solista y del certamen nacional que no puede permitirse perder, Ainara descubre un margen de maniobra: caminatas de madrugada, comidas fingidas, migas esparcidas alrededor del vaso para simular un desayuno. Solo Julia se interpone, con su vigilancia cariñosa e incansable, plátano en la mochila y ojo de halcón por encargo del hermano de Ainara.
En los pasillos mal iluminados de la casa aparece Oliver: torpe, disculpón, lector empedernido, con una cicatriz en la frente sobre la que Ainara decide no preguntar porque conoce demasiado bien el peso de ciertas preguntas. Lo que empieza como un tropiezo literal se convierte en conversaciones de madrugada, en una subida a la montaña bajo un cielo sin Vía Láctea y en un chapuzón en un lago helado donde, por unos minutos, el ruido de la cabeza se apaga. Pero el afecto también asusta, y cuando llega la despedida Ainara elige la frialdad antes que el riesgo.
Narrada en primera persona y en presente, la novela no observa el trastorno desde fuera: lo habita. La voz interior que Ainara llama Ana grita, negocia y ordena; los recuerdos de un padre y de un noviembre con las muñecas marcadas asoman en sueños que se confunden con la vigilia. Con una playlist que acompaña el trayecto y una dedicatoria dirigida a quienes atraviesan lo mismo, Laila Newtton abre su Trilogía nerviosa con un relato crudo y sin adornos sobre el hambre, el control, la mirada ajena y esa grieta mínima por donde, a veces, entra alguien.