Judd Foxman pierde dos cosas casi a la vez: a su padre y el matrimonio que creía tener. Cuando su hermana le anuncia que el difunto —ateo militante— dejó dicho que la familia guardara siete días de Shivá, no le queda más remedio que volver…
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Judd Foxman pierde dos cosas casi a la vez: a su padre y el matrimonio que creía tener. Cuando su hermana le anuncia que el difunto —ateo militante— dejó dicho que la familia guardara siete días de Shivá, no le queda más remedio que volver a la casa de Elmsbrook y encerrarse con los suyos. Narrada con humor corrosivo y una ternura que se cuela por las grietas, es la crónica de una familia que solo sabe hablar del amor a través del sarcasmo.
Todo arranca con una llamada telefónica y una frase dicha sin temblor: papá ha muerto. Wendy se lo comunica a su hermano con la misma naturalidad con que se informa del tiempo, porque en la familia Foxman cualquier emoción pasa antes por el filtro de la ironía. Detrás de esa frialdad hay año y medio de enfermedad, un cáncer de estómago tratado durante meses a base de antiácidos por pura terquedad, y un padre que tardó en morir bastante más de lo que anunciaron los médicos, fiel hasta el final a su credo particular de no dejar que nada le dictara los tiempos.
La sorpresa llega después: el difunto, ateo convencido, pidió que sus hijos guardaran la Shivá. Siete días bajo el mismo techo, obligados a estarse quietos y a mirarse. Wendy aterriza con tres niños pequeños y un marido que gestiona carteras desde aviones; Paul, el mayor, arrastra con su hermano una relación que solo funciona en la distancia; Phillip, el menor por casi una década, es el desaparecido crónico al que nadie sabe cómo localizar; y la madre convierte hasta el duelo en escenario propio.
Judd llega a ese encierro sin la aliada con la que contaba. Poco antes del viaje ha descubierto, de la peor manera imaginable y con una tarta de cumpleaños en las manos, que su mujer llevaba tiempo acostándose con su jefe, el estridente locutor de radio para el que trabajaba. En cuestión de minutos perdió casa, empleo y matrimonio; ahora vive en un sótano de alquiler y sostiene con ella conversaciones que degeneran en tres minutos. La despedida antes de partir le añade una noticia que no sabe dónde colocar.
Con ese equipaje empieza el luto. El relato alterna el presente de la casa familiar con la reconstrucción de un amor que se fue vaciando por acumulación de pequeñeces, y encuentra su energía en el choque entre la solemnidad del rito y la incapacidad absoluta de quienes lo cumplen para tomárselo en serio. El resultado es una comedia de duelo, obscena y afilada, que deja entrever bajo las pullas la pena que ninguno de ellos sabe nombrar.