En un pueblo que en cien años no había conocido un solo asesinato, el cuerpo de una adolescente aparece en el fondo de un pozo y el culpable queda condenado casi de inmediato.
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En un pueblo que en cien años no había conocido un solo asesinato, el cuerpo de una adolescente aparece en el fondo de un pozo y el culpable queda condenado casi de inmediato. Veinticinco años después, la mejor amiga de la víctima —hija del hombre señalado— despierta, tras un accidente, en la mañana anterior al crimen, acompañada por una voz que solo ella escucha y que parece saber exactamente lo que va a ocurrir.
Villasamaria es un lugar pequeño y previsible, de esos donde todos conocen el apellido del vecino y la única leyenda local es el pozo que lleva el nombre de su fundador. En mayo de 1988 esa placidez se rompe: una muchacha a punto de cumplir dieciséis años desaparece camino a una cita y su cuerpo termina en el fondo de ese pozo. La investigación avanza a la velocidad del escándalo, la televisión llega antes que la calma y un reportero ambicioso descubre que un detalle inventado a tiempo puede valer más que un dato verdadero. Cuando el pueblo señala a un culpable, la historia se cierra con una rapidez que a nadie incomoda.
Veinticinco años más tarde, Ivonne arrastra las consecuencias de aquel mayo. Ha cambiado de apellido, ha firmado cinco divorcios, ha coleccionado pérdidas que ya no sabe nombrar y ha convertido el rencor en método: no cree en los hombres, no cree en su padre y, sobre todo, no cree en Dios. Un encuentro casual en una cafetería reabre la herida y la lanza a una carrera sin destino que termina en un golpe, en sangre y en oscuridad.
Despierta en la cama de un hospital que reconoce demasiado bien, atendida por una enfermera que debería ser mucho mayor, en un pueblo que dejó atrás hace décadas. El calendario marca el sábado anterior al hallazgo del cuerpo. Su amiga sigue viva. Ella misma, con quince años y una chaqueta prestada, camina por esas mismas calles. Y una voz que no proviene de nadie —clara, paciente, imposible de ignorar— empieza a darle indicaciones que no siempre tienen sentido: entra aquí, espera, no vayas todavía al pozo.
A partir de ahí, la novela avanza como un reloj: capítulos marcados por la hora, una cuenta regresiva hacia un crimen que ya sucedió y que quizá pueda no suceder. Ivonne encuentra una nota escondida, sospecha de un muchacho del pueblo, escucha por accidente una conversación entre policías que sugiere que el escándalo le conviene a alguien, y descubre que los detalles que la prensa fijó en la memoria colectiva no coinciden con lo que ve con sus propios ojos. Cada cosa que toca amenaza con desviar el curso de lo que recuerda, y cada recuerdo que revisa resulta menos confiable de lo que creía.
El relato alterna la investigación con la voz interior de la víctima —fragmentos breves, a oscuras, en tiempo presente— y con el retrato del pueblo: la vergüenza de una madre, la codicia de un periodista, la comodidad de una comunidad que prefiere un culpable rápido a una verdad incómoda. Bajo la mecánica del thriller late una pregunta más difícil que la del asesino: si a alguien se le devolviera el día exacto en que su vida se partió en dos, ¿querría salvar a su amiga, salvar a su padre o salvarse a sí misma? La sed que anuncia el epígrafe no es la del misterio, sino la de una mujer que lleva veinticinco años bebiendo de la fuente equivocada.