Tras la muerte de su abuelo, una joven abandona Londres y regresa a Irlanda, a la casa de piedra junto al mar que heredará con su madre. Entre el humo de la turba y bajo cielos color penique, confronta el pasado familiar, una relación rota…
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Tras la muerte de su abuelo, una joven abandona Londres y regresa a Irlanda, a la casa de piedra junto al mar que heredará con su madre. Entre el humo de la turba y bajo cielos color penique, confronta el pasado familiar, una relación rota y sus preguntas sobre identidad y pertenencia. Una novela visceral que teje memorias de su abuelo nacido en Glasgow, de su abuela entre escamas plateadas en el mercado, de vidas marcadas por el exilio. El fuego que consume la casa es también una metáfora de transformación y duelo.
Una novela de prosa visceral y poética que comienza en la intimidad compartida de dos cuerpos entrelazados, para luego desenrollar la compleja historia de una joven que, tras la muerte de su abuelo, abandona una vida fragmentada en Londres y regresa a Irlanda, a la casa de piedra junto al mar. Este no es un retorno idílico a los orígenes, sino una confrontación cruda con el pasado, con la distancia que se ha abierto entre ella y su madre, con la propia identidad dividida entre dos países. La narrativa alterna entre momentos sensoriales de la infancia —playas que relucen, mercados cargados de olor a vinagre y carne— y la vasta historia familiar de su abuelo, nacido en la pobreza de Glasgow, desterrado a un orfanato, rescatado por una tía Kitty que cortaba flores naranjas y escondía revolucionarios en el desván. Se convirtió en jardinero y obrero que ayudó a construir el Tyne Tunnel en las profundidades del océano. Su abuela despiezaba caballas en el mercado cubierto de Jacky White’s, sus anillos de oro brillando entre las escamas, repartiendo pescado fresco envuelto en papel de periódico. Cuando llegan a la casa heredada, descubren que el tiempo y el abandono lo han invadido todo. En lugar de restaurar, deciden quemar: una hoguera que dura tres días consumiendo colchones, fotografías, ropa, la dentadura postiza, cartas mohosas. Es un acto de violencia poética y liberación, un ritual que paradójicamente no borra la historia sino que la transforma, dejando partículas minúsculas de ceniza —los «ángeles de fuego»— pegadas a la piel y al alma. Una investigación íntima sobre qué heredamos y qué quemamos, sobre cómo la identidad se construye en los espacios entre la familia y la soledad.