Agua fresca en los espejos es el testimonio de Vinka Jackson sobre el incesto vivido en su infancia y el largo camino de recuperación que siguió. A partir de una conversación pendiente con su madre en un departamento de Santiago, la autora…
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Agua fresca en los espejos es el testimonio de Vinka Jackson sobre el incesto vivido en su infancia y el largo camino de recuperación que siguió. A partir de una conversación pendiente con su madre en un departamento de Santiago, la autora reconstruye lo que fue crecer bajo el miedo, nombrar lo innombrable y sostener, pese a todo, el vínculo familiar. Un relato que elige la verdad sin morbo y afirma que del terror es posible volver.
Hay libros que se dejan sobre el velador y se retoman meses después, no por dificultad de la escritura sino por la hondura de lo que cuentan. Así presenta Fernando Paulsen, en el prólogo, esta obra de Vinka Jackson: un relato en primera persona sobre el abuso sexual cometido por su padre durante la infancia y sobre la vida entera que vino después.
El libro arranca con una escena mínima y decisiva. Durante una estadía en Chile, un almuerzo cualquiera en casa de su madre se quiebra con una pregunta que exige pruebas: cuánto, exactamente, hubo. La autora no responde; toma su abrigo y camina por avenida Bilbao contando semáforos, paraderos y años perdidos, rumbo a la consulta de su terapeuta. Esa caminata —con sus calambres, sus llamadas telefónicas, la voz de su hija desde Inglaterra, el obrero que le canta desde una construcción— organiza el resto de la narración y le da su temperatura: la de alguien que ya no está en el pozo, pero que sabe volver a él y salir.
Desde ahí la memoria retrocede a los años setenta en Santiago: un departamento de tabiques delgados donde todo se oye menos lo que le ocurre a ella, un padre que pasa de recitar en francés a golpear sin aviso, una madre que intenta defenderla y va perdiendo fuerzas, las infecciones urinarias repetidas que nadie interroga, el miedo convertido en sistema de alerta y en forma de supervivencia. La niña aprende a creerse culpable para poder seguir queriendo a sus padres.
Lo distintivo del libro está en lo que decide no hacer. Jackson se niega a la autopsia, a la métrica del daño, al detalle que sirve para escandalizar o para descreer. Escribe sobre el perdón sin absolver, sobre el afecto que sobrevive junto a la rabia, sobre la diferencia entre callar y elegir qué contar y para qué. La escritura funciona entonces como un acto de libertad: nombrar lo ocurrido para dejar de estar tomada por ello, y ofrecer a otros —sobrevivientes, familias, quienes trabajan con la infancia— la constancia de que el retorno existe. Ni víctima ejemplar ni heroína: una mujer, una madre, una persona más.
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