En un futuro donde una autoridad única administra la vida entera en nombre de la sostenibilidad, Emmeline camina cada día sobre una cinta que convierte sus pasos en electricidad.
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En un futuro donde una autoridad única administra la vida entera en nombre de la sostenibilidad, Emmeline camina cada día sobre una cinta que convierte sus pasos en electricidad. Tiene casi dieciocho años, acaba de ser emparejada con un desconocido y esa misma mañana se han llevado a su madre. Lo único que le queda es una frase inconclusa —siento no haberte enseñado lo suficiente— y la sospecha de que todo lo que le contaron sobre su mundo omite algo esencial.
La novela se abre con una escena mínima y devastadora: unos hombres de uniforme negro entran sin llamar en un cuadrado de cemento gris, atan las muñecas de una mujer con cuerdas sucias y se la llevan. Quien lo cuenta es su hija, Emmeline, una joven de casi dieciocho años que asiste al arresto desde la cinta andadora en la que debe cumplir su cuota diaria de energía. Antes de desaparecer, la madre alcanza a decirle que lamenta no haberle enseñado lo suficiente. Esa disculpa a medias es el motor de todo lo que sigue.
El mundo que habita Emmeline se organiza en Recintos numerados, cada uno con su bandera y su color. El color lo dice todo: naranja para quienes tiran de los ómnibus de madera, verde para los de Reciclaje, rosa y azul para la Ciudad de los Niños, negro con ribete dorado para las Autoridades. Los pañuelos de las mujeres señalan si están en edad de reproducir y si ya han sido emparejadas. Nadie camina libremente, porque desplazarse por gusto se considera un derroche de energía intolerable. Los ciudadanos valen por dos capacidades: producir electricidad y producir hijos.
Sobre ese presente sin memoria se proyecta la voz de la madre, que recuerda otra cosa: una granja, colinas verdes, animales propios, un arroyo donde se pescaba de verdad, una radio con programas para elegir. Recuerda también cómo se fue cerrando el mundo, comunidad planificada tras comunidad planificada, con la promesa de que ya nadie pasaría hambre ni carecería de techo. Sus relatos llegan siempre a medias, interrumpidos por el silencio que se impone cuando pasa el Vigilante de la Verja o cuando la pregunta se vuelve demasiado peligrosa.
La narración avanza en dos tiempos que se trenzan. En el presente, Emmeline convive con Jeremy, el hombre que le ha sido asignado, cuya ropa trae el olor del mismo edificio sin ventanas al que vieron entrar a su madre, y que parecía saber de antemano lo que iba a ocurrir. En el pasado, la protagonista reconstruye escenas cuyo sentido se le escapó cuando las vivió: la discusión susurrada de sus padres tras la cortina del baño, el examen de fertilidad al que la llevaron con carabina, el terror con que su padre le hizo prometer que nunca, bajo ninguna circunstancia, se enfrentaría a ellos.
El efecto es el de un lector que comprende antes que la narradora. Emmeline describe con precisión de inventario un sistema cuya lógica no cuestiona —las ardillas alimentadas y sagradas mientras las personas racionan agua, los juramentos recitados al unísono, la desaparición de un hombre por atropellar a una serpiente— y esa distancia entre lo que ve y lo que entiende sostiene la tensión de todo el relato. Es, a la vez, una novela sobre el control absoluto y una historia íntima de duelo: la de una hija que empieza a leer el mundo justo cuando se queda sin nadie que se lo explique.