Con quince años, la narradora cruza África en un convoy de todoterrenos junto a su padre periodista y un equipo de televisión: veinte mil kilómetros, diez países y veintidós fronteras entre Madrid y el Nilo.
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Con quince años, la narradora cruza África en un convoy de todoterrenos junto a su padre periodista y un equipo de televisión: veinte mil kilómetros, diez países y veintidós fronteras entre Madrid y el Nilo. Aduanas corruptas, el silencio del Sáhara, fiestas tuareg y tensiones dentro del propio grupo componen un diario de viaje que, años después, se reescribe como una declaración de amor a un continente que Europa suele reducir a titulares de hambre y guerra.
Una sobremesa de Navidad basta para cambiarlo todo: el padre de la narradora —periodista, «una máquina de parir ideas»— propone recorrer África en coche, y la casa entera se pone en marcha. Durante seis meses hay visados, vacunas, negociaciones con la televisión y una condición inapelable para las dos adolescentes de la familia: aprobar el curso. Después llegan los vehículos, un camión, un equipo de cámaras y la salida desde Madrid rumbo al sur.
Lo que sigue es un diario de ruta contado desde dentro, sin la solemnidad del reportaje. La expedición atraviesa Marruecos con las cámaras precintadas, queda retenida en una aduana argelina que la convierte en rehén de los trámites, se hunde en el calor de Ghardaia, In Salah y Tamanraset, y espera tres días en un puesto fronterizo del Níger donde los soldados matan el aburrimiento con música española y sospechan que los viajeros trabajan para los servicios secretos. Vendrán luego las tormentas de arena, los coches abandonados con mensajes escritos encima, unos italianos que venden chatarra para pagarse las vacaciones y una noche de té y cordero en casa de un guía tuareg.
La mirada es la de una adolescente que aprende sobre la marcha, y el libro conserva esa doble temperatura: el asombro inmediato y la relectura posterior. La narradora observa la posición de las mujeres, la corrupción de los puestos fronterizos, el arte hecho con latón rescatado del desierto, el modo en que los nómadas organizan su comunidad. También observa a los suyos, y no oculta que la convivencia se agrieta en bandos, broncas y deslealtades. Las páginas alternan el episodio cómico con la incomodidad real: fiebre intestinal, cincuenta grados, agua salada bebida con gusto porque es lo único fresco.
De fondo late una pregunta que el texto no cierra: qué imagen de África se ha construido desde Europa y qué se ha hecho con ella. El resultado es a la vez crónica de aventura, cuaderno etnográfico de aficionada y confesión personal de quien regresó a casa convencida de haber dejado allí una parte de sí misma.
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