Adriana Zumarán carga desde niña con la sospecha de que su padre se quitó la vida, y con el silencio que esa muerte impuso a su familia. Entre una visita a las enigmáticas hermanas Aliaga, un noviazgo que sostiene y desprecia por turnos, y…
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Adriana Zumarán carga desde niña con la sospecha de que su padre se quitó la vida, y con el silencio que esa muerte impuso a su familia. Entre una visita a las enigmáticas hermanas Aliaga, un noviazgo que sostiene y desprecia por turnos, y el tedio de una estancia en la llanura, la joven se debate entre un idealismo devorador y una crueldad que ella misma reconoce. Novela porteña de almas cerradas, herencias trágicas y amores que nunca llegan a serlo.
La muerte del señor Zumarán quedó fijada en la memoria de su hija como un cuadro incompleto: un túmulo negro, un Cristo de plata, unas manos pálidas asomando sobre un paño blanco y una cara cubierta que nadie explicó. De esa imagen y de las alusiones oídas al descuido nace la certidumbre de Adriana: su padre se suicidó, y la clave del episodio duerme en casa de las Aliaga, la familia con la que su madre rompió todo trato desde entonces.
Ya mujer, Adriana se atreve a visitarlas. Encuentra una casa demasiado grande y demasiado silenciosa, tres hermanas de manos blanquísimas y voces medidas, un hermano solterón, una tía abuela paralítica y una hospitalidad cortés que esquiva con suavidad toda pregunta sobre el pasado. Allí conoce también a Julio Lagos, el único visitante admitido, que celebra en ella “un espíritu singular”: elogio que Adriana guardará durante un año entero como una promesa preferible a cualquier encuentro real.
Porque lo real es Ricardo Muñoz, su novio secreto. A distancia le escribe cartas de enamorada sumisa; frente a él, el encanto se le vuelve burla y desdén. La novela sigue ese vaivén con paciencia clínica: el ultimátum de Muñoz, la reunión en casa de Charito González donde él se juega la última carta, los celos, el baile, la humillación de un hombre serio que se descubre incapaz de firmeza. Y sigue también los meses de encierro en la estancia del tío Molina, entre primas devotas, anécdotas de patricio viejo y una llanura verde que agranda toda inquietud; allí Adriana desea en voz alta una desgracia y se estremece cuando la desgracia llega.
Alrededor se despliega una genealogía de pasiones desdichadas —un abuelo muerto por no querer herir, un bisabuelo consumido por el duelo de una amante, una bisabuela cuyo dolor derivó en visiones místicas— que la protagonista acaricia como reliquias, buscando en la sangre heredada una explicación de sí misma. Entre la disputa con su hermana Raquel y la carta que vuelve a llamarla a la casa de los Aliaga, se dibuja el retrato de una mujer que exige al amor una intensidad absoluta y castiga con crueldad todo lo que se le queda corto. Ambientada en un Buenos Aires de salones, misas y estancias, la obra explora el aislamiento de las familias marcadas por un escándalo y el precio de un idealismo que solo sabe expresarse como daño.
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