Con veintisiete años, un ex convertido en compañero de piso y una vida sentimental en punto muerto, Eva descubre que la estabilidad que creía suya era en realidad una sala de espera.
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Con veintisiete años, un ex convertido en compañero de piso y una vida sentimental en punto muerto, Eva descubre que la estabilidad que creía suya era en realidad una sala de espera. Cuando Carlos le pide amablemente que abandone el piso que compartieron durante ocho años —primero como pareja, después como amigos— para instalar allí a su nueva novia, Eva se ve empujada a rehacerlo todo a la vez: casa, rutina, cuerpo y deseo. Su nuevo compañero de piso y el círculo de amigos que la rodea le trazan un plan de choque con nombre propio, y el primer paso pasa por abrir un perfil en una web de citas donde son ellas quienes eligen. De ahí en adelante, una sucesión de encuentros a cuál más disparatado se convierte en el método menos ortodoxo —y más eficaz— de aprender a decidir por sí misma.
Un sábado por la mañana, con resaca y una cerveza delante, Eva escucha la frase que ordena el resto de su vida: «tenemos que hablar». Al otro lado de la mesa está Carlos, su exnovio, con quien lleva ocho años compartiendo piso y dos separada sin que ninguno de los dos haya movido una caja. Ahora sí hay que moverlas: Maya, la novia de Carlos, se instala, y Eva debe irse. El desalojo llega acompañado de una confesión incómoda —él se abrió cuenta en una web de citas cuando todavía eran pareja— y de un consejo que ella recibe entre lágrimas y estupefacción: prueba tú también.
Lo que empieza como una humillación acaba funcionando como palanca. Eva encuentra habitación en el Eixample gracias a una noche de absenta que apenas recuerda, y con ella un nuevo compañero de piso, Danii, y una amiga, Mariló, que se toman su reconstrucción como un proyecto colectivo. Pizarra en mano, le diseñan una estrategia por fases: cortar de raíz la dependencia del ex, renovar un aspecto que ellos juzgan demasiado de biblioteca, y salir al mundo a coleccionar citas sin la obligación de convertir ninguna en novio. El plan tiene acrónimo, tiene reglas y tiene, sobre todo, la insistencia de quien ha visto a una amiga orbitar demasiado tiempo alrededor del mismo planeta.
A partir de ahí, la novela se organiza como un diario de campo del cortejo contemporáneo. Cada episodio funciona como una cita —un vegetariano intenso, un chico cuya madre prepara los tuppers del primer encuentro, un comercial que se levanta al baño y se marcha con otra— y viene acompañado de instrucciones prácticas, en clave de recomendaciones y advertencias, que Eva redacta a posteriori con el humor de quien ya no puede evitar el desastre pero sí describirlo bien. El catálogo de perfiles es amplio y deliberadamente tipificado: barbudos, tatuados, modernos, veganos, aspirantes a todo. Ninguno es exactamente el problema; el problema es lo que Eva espera de sí misma en cada uno.
La voz sostiene el libro. Narrada en primera persona y en presente, con digresiones, notas mentales y un oído afinado para el habla coloquial, Eva cuenta su propio proceso sin coartadas: la ruptura por fases —shock, depresión, asimilación—, la comodidad que confundió con amor, el miedo a que la vida se le ponga del revés. Barcelona aparece como escenario reconocible, entre el bar de abajo, el Raval de madrugada y un ambiente de amistad gay que la protagonista habita con naturalidad y que la novela retrata como red de sostén antes que como decorado.
Bajo la comedia de enredos digitales late una historia de emancipación bastante clásica: alguien que ha delegado durante años las decisiones sobre su cuerpo, su casa y su deseo aprende a tomarlas. Las citas son el vehículo, no el destino. Lo que Eva persigue —y lo que el lector va viendo aparecer entre carcajadas— no es un candidato, sino la posibilidad de gustarse lo suficiente como para elegir.