Un asesino profesional entra de madrugada en una casa de Arizona para saldar una deuda de sangre con un viejo detective; años atrás, en el desierto de Sonora, una muchacha embarazada camina junto a una gitana húngara que lee en el tarot el…
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Un asesino profesional entra de madrugada en una casa de Arizona para saldar una deuda de sangre con un viejo detective; años atrás, en el desierto de Sonora, una muchacha embarazada camina junto a una gitana húngara que lee en el tarot el destino del niño que aún no ha nacido. Con esos dos hilos —el crimen consumado y la profecía en marcha— Orlando Hechavarría construye una novela fronteriza sobre la violencia heredada, el azar y las cuentas que el tiempo nunca termina de cobrar.
Son las tres de la madrugada y un hombre se mueve sin ruido por una casa ajena. Ha estudiado los planos, las fotografías, los coches que aparcan en la cuadra y, sobre todo, la costumbre inamovible de su presa: un policía sesentón que cada noche se levanta a beber un vaso de leche fría. El plan se tuerce apenas —aparece una mujer donde debía haber un solo cuerpo— y el intruso improvisa con la frialdad de quien fue entrenado para eso. Lo que sigue ocurre entre una cocina de pared roja, un baño azul celeste y una gran reproducción en blanco y negro de la calle Allen, en el Tombstone de 1883: un pueblo que, según repetía el padre del asesino, se negó a morir. Antes de marcharse, el ejecutor le habla al muerto y nombra la deuda que acaba de cobrar.
De ahí la novela retrocede varias décadas y cambia por completo de paisaje y de aliento. En los años cuarenta, Adriana González, quince años y embarazada, es expulsada de su casa en Nogales por su madre. La recoge Mariana Róth, gitana húngara de diecinueve, criada en el norte de México entre carromatos, cine ambulante y oficios de metal, que viaja con un mazo de tarot gastado, un manual de cartomancia y una iguana llamada Aligátor. Juntas emprenden el cruce del desierto de Sonora rumbo a Tumacácori, Tucson y, finalmente, Phoenix, porque las cartas han dictado dónde debe nacer el niño. Mariana anuncia que será varón, que crecerá en una tierra de rocas parecidas a la Luna, que augurios adversos intentarán someterlo sin lograr rozarlo siquiera, y que atravesará —como cierto hombre que allí alcanzó la fama y la inmortalidad— un pasadizo de pólvora y plomo.
El desierto es en estas páginas un personaje más: un animal que recibe manso al caminante y luego se lo traga, sembrado de saguaros que parecen bendecir a quien pasa. Al final del camino aparece Benigno Durán, amante de Mariana, un duranguense al que ella insiste en llamar apache; vive en una choza de palos y tierra, retrata a la gente con una cámara regalada, presume botas gringas y espuelas de plata y guarda silencios que no cuadran con su pobreza declarada. Cuando desaparece una mañana y dos jinetes llegan preguntando por él en nombre de unos “asociados” a quienes debe mercancía o dinero, la travesía deja de ser un simple viaje hacia el nacimiento y se vuelve la primera lección de un mundo donde las deudas se cobran en el cuerpo.
Hechavarría alterna la precisión clínica del sicario —el pulso, los tiempos, el arma con silenciador— con la oralidad cálida y desbocada del habla norteña y gitana, y deja que los dos registros se busquen a través de los años. La fotografía es aquí más que un motivo: retratos que se cobran y nadie ve, panorámicas del Viejo Oeste que hipnotizan a un policía corrompido, imágenes que fijan un instante mientras la violencia sigue circulando de padres a hijos. Bajo el epígrafe de Borges sobre lo que ocurrió una sola vez y se repite sin tregua en la eternidad, la novela se pregunta si la venganza clausura algo o solo devuelve la rueda a su punto de partida.
Ambientada entre Sonora y Arizona, entre Nogales, Tumacácori, Tucson, Benson y la mitología persistente de Tombstone, esta es una historia de frontera en todos sus sentidos: la línea que separa dos países, la que divide la ley del crimen, y la que apenas distingue la profecía del destino que uno mismo se fabrica. Alrededor de Remy, el niño anunciado por el tarot, se tejen linajes, presagios y cuentas pendientes que la primera escena ya ha dejado escritas.