Un niño criado por su abuelo cuenta, ya adulto, los años en que aquel hombre de campo le sirvió de guardería, de escuela y de brújula. Entre un piso de las afueras de Madrid y un plantío de viñas en La Mancha, las voces del nieto y del…
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Un niño criado por su abuelo cuenta, ya adulto, los años en que aquel hombre de campo le sirvió de guardería, de escuela y de brújula. Entre un piso de las afueras de Madrid y un plantío de viñas en La Mancha, las voces del nieto y del abuelo se alternan hasta confundirse, y a ellas se suma el diario de una chica recién llegada al barrio. El resultado es un relato íntimo sobre la transmisión: lo que un mayor deja en un crío sin darse cuenta y lo que ese crío tarda media vida en entender.
Cuando Álvaro nace, su abuelo Santos se libra de la residencia y encuentra un oficio nuevo: criarlo. Lo que empieza como un arreglo doméstico —una familia con los dos padres trabajando, un viejo con las manos ociosas— se convierte en una alianza cerrada de la que nadie más tiene llave. El abuelo le da las gachas, le enseña a usar el orinal, lo lleva de la mano al parque a la hora de las niñeras y le cuenta, sin filtro alguno, la guerra civil, las piernas de la muchacha del banco de al lado y las historias de un pueblo llamado Villacandeal de Calatrava. Los padres se inquietan en voz baja desde la habitación contigua; el niño escucha y toma partido.
La narración avanza a dos voces que se turnan sin aviso. Habla el abuelo, en un castellano de labranza lleno de diminutivos, tacos y refranes, dirigiéndose siempre a su “hermoso”, a su “Alvarillo”; y habla el nieto, adulto ya, reconstruyendo desde la memoria a un hombre al que admiró más de lo que llegó a comprender. De ese contrapunto nace el retrato: un campesino que antes fue legionario, carpintero y tractorista, terco hasta la médula, incapaz de estarse quieto, que recompró una a una las parcelas repartidas entre sus hermanos y que trata la tierra como quien reza. Duro con todos y sin embargo con los ojos húmedos cuando el niño se agacha a atarle la alpargata.
El centro emocional está en el plantío: las escapadas de fin de semana, las noches en el poyo de la casilla con la manta compartida para darse calor, la comida que sabe mejor por la leña, la bicicleta que hace de Rocinante, las cepas y los olivos contados. Allí ocurre también la escena que el libro no deja marchar: el entierro de Blanca, la vieja burra que pagó con su trabajo la carrera del hijo, sepultada al pie del olivo, y el abuelo uncido al yugo junto a la mula joven para seguir arando esa misma tarde. En paralelo corren las tensiones cotidianas de tres generaciones bajo un mismo techo: el dinero que el padre presta a regañadientes, el régimen de verduras que la nuera le impone, los quince días de playa que el viejo padece con resignación de mártir, los choques que nunca llegan a mayores y siempre acaban en un portazo.
A partir de cierto punto se cuela una tercera voz. Laura, trece años, ha llegado a Madrid desde Santander y escribe en su diario la tristeza del traslado, el colegio nuevo, el hermano insoportable, el hermano pequeño al que hay que recoger del parvulario, y la aparición en el ascensor de un chico tímido del tercero al que llaman “el orejas”. Sus entradas, fechadas en un año ochenta y tantos deliberadamente incompleto, van tejiendo desde fuera el retrato del muchacho que el abuelo crió: cortés, algo poeta, algo agitador, líder sin proponérselo.
Hay humor abundante y sin remilgos —la peluquería, la colitis, el cine de verano con sillas propias y espectadores que suben al escenario a defender a la dama—, y hay una insistencia serena en lo que de verdad se hereda. No las tierras, que apenas dan para los viajes que cuestan, sino unas orejas grandes, el gusto por la harina tostada con miel, el olor de la tierra y unos versos de Kipling subrayados a mano y entregados como quien entrega el mapa de un tesoro. Escrita con oído de costumbrista y ternura sin azúcar, es una novela sobre la infancia como aprendizaje no reglado y sobre el momento, siempre tardío, en que uno reconoce en sí mismo el gesto de un muerto querido.