Crónica de viaje y reportaje de largo aliento sobre Mongolia, construida a lo largo de seis expediciones y casi tres lustros de trabajo periodístico.
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Crónica de viaje y reportaje de largo aliento sobre Mongolia, construida a lo largo de seis expediciones y casi tres lustros de trabajo periodístico. Entre averías en mitad del Gobi, noches al calor de una estufa en el suelo de una yurta y trayectos interminables en el tren que une Pekín con Ulán Bator, el autor retrata un país inmenso y casi vacío donde la vida nómada se enfrenta a su transformación más profunda. Un libro sobre lo que desaparece cuando un modo de habitar el mundo deja de ser viable.
Todo arranca con una avería. Una furgoneta rusa se detiene entre piedras, en la provincia mongola de Omnogovi, sin cobertura, sin GPS y sin repuesto, mientras quedan tres horas de luz y el horizonte no ofrece más que un radio de veinte kilómetros de nada. De esa escena —resuelta con un bote de pegamento, un conductor imperturbable y la hospitalidad de una familia que aparece como un faro en la oscuridad— nace la pregunta que ordena todo el libro: qué hace un periodista vasco, corresponsal en Asia y residente en Shanghái, empeñado en volver una y otra vez a uno de los países que menos aparecen en los mapas mentales de Occidente.
La respuesta se despliega a lo largo de seis viajes y casi catorce años de reportajes. El autor recorre un territorio que triplica la superficie de España con menos habitantes que una capital europea, el de menor densidad de población del planeta, y sigue el rastro de las guarderías itinerantes que permiten escolarizar a los hijos de los pastores sin obligarlos a echar raíces. Duerme en decenas de gers, soporta inviernos de cuarenta grados bajo cero, acumula averías en lugares que ningún buscador sabe ubicar y va documentando, con paciencia de cronista, una cultura tan fascinante como amenazada.
Buena parte del relato se juega en el camino. El trámite kafkiano del visado en el distrito diplomático de Pekín, con sus ventanillas de espejo y sus requisitos improvisados, da paso al mítico Transmongoliano: treinta horas y mil quinientos kilómetros que también son un viaje hacia atrás en el tiempo. Allí conviven turistas disfrazados de exploradores coloniales, comerciantes chinos en busca de mercados y minerales, jubilados australianos que persiguen el sueño de su vida y familias mongolas que regresan a casa tras años de emigración. El tren se convierte en un observatorio privilegiado: el olor invasor de los fideos instantáneos, el coche restaurante de higiene dudosa, los controles fronterizos nocturnos y la operación —espectacular y anacrónica— de levantar los vagones con gatos hidráulicos para cambiarles las ruedas, porque el ancho de vía chino y el heredado de Rusia no coinciden.
Ese trayecto sirve además de espejo entre dos vecinos desiguales. A un lado, la China que el autor conoce desde 1999 y que ha pasado del adobe a la alta velocidad, del Libro Rojo al consumo interno como motor económico, con cifras que el libro repasa sin triunfalismo ni condescendencia. Al otro, una Mongolia que hereda la sombra de un imperio, siete décadas de socialismo y una capital que en 2006 recomendaba a sus huéspedes no salir de la habitación después de las once, con miles de personas viviendo en el laberinto de alcantarillas por donde circulan las tuberías de agua caliente.
El hilo profundo, sin embargo, es la sedentarización. La migración hacia las ciudades, la globalización económica y el cambio climático han empujado a los nómadas mongoles hacia una transformación acelerada que apenas recibe atención mediática, salvo como estampa folclórica. Frente a ese vacío informativo —que el autor atribuye menos al desinterés que a la falta de medios de la prensa—, el libro reivindica el trabajo sobre el terreno: mirar de cerca, volver, insistir. El resultado es una crónica de viajes con voluntad de testimonio, escrita con humor seco, ojo para el detalle y respeto por quienes protagonizan el cambio sin haberlo elegido.
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