En la Ciudad de México, un adolescente que conoce de memoria cada fecha, sesión y take de la discografía de Bob Dylan cuenta el año que pasó con Sara Reyes: el encuentro casual en una biblioteca, el deslumbramiento, el sexo, los amigos…
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En la Ciudad de México, un adolescente que conoce de memoria cada fecha, sesión y take de la discografía de Bob Dylan cuenta el año que pasó con Sara Reyes: el encuentro casual en una biblioteca, el deslumbramiento, el sexo, los amigos rotos de la periferia nocturna y el día en que ella lo deja por otro. Cada capítulo lleva el título de una canción, con su duración y su número de track, porque el narrador no sabe vivir nada sin antes traducirlo a un disco. Lo que empieza como una crónica de primer amor se revela poco a poco como el retrato de alguien que prefiere la versión mitificada de su vida —y de la mujer que la protagoniza— a la vida misma.
El narrador tiene poco más de dieciocho años, vive en casa de sus padres, fuma Delicados y ha leído todas las biografías de Bob Dylan que existen. Sabe en qué hospital nació el músico, cómo se llamaba su primera novia, en qué sesión se grabó cada canción. Ese saber enciclopédico no es un pasatiempo: es el idioma con el que interpreta el mundo. Cuando Sara Reyes le dice, sentada frente a la ventana de su departamento, que se enamoró de otro, lo primero que aparece en su cabeza no es el dolor sino un título, una duración exacta y un año de grabación.
La novela avanza hacia atrás y hacia adelante desde esa ruptura. Reconstruye el día en que la vio por primera vez en la biblioteca, leyendo a Ginsberg, y la cadena de coincidencias que él leyó como destino, empezando por el nombre que ella comparte con la primera esposa del músico. Reconstruye la primera vez que se acostaron, en un cuarto tapizado con páginas de revistas de rock y bañado de luz roja, con una cámara de celular encendida y una canción sonando en sus audífonos. Reconstruye una fiesta en una vecindad de la colonia Guerrero que termina en sangre, cuando un exnovio de Sara revela en voz alta cómo se gana ella la vida frente a una webcam. En cada escena el narrador está en dos lugares a la vez: dentro del cuerpo que tiembla, y afuera, mirándose desde la butaca, calculando cómo va a contarlo después.
Sara es el centro luminoso del libro y, a la vez, su gran ausencia. La vemos siempre a través de una mirada que la convierte en diosa, en gitana, en amuleto, en personaje de canción; nunca del todo en persona. Es más grande, más vieja en experiencia, más libre y más violenta que él, y esa desproporción es precisamente lo que él necesita para creer que por fin le está pasando algo digno de ser escrito. El precio de esa fabulación aparece en los intersticios: una madre a la que nunca avisa que sale, un padre encerrado en su estudio, un hermano muerto a los diecinueve años que sobrevive apenas como contraseña de correo y como recuerdo de una tarde en una tienda de discos, una prima cuyo roce en el sillón guarda un deseo que él prefiere no nombrar.
El duelo se administra en dosis rituales: cuarenta y cuatro reproducciones seguidas de la misma canción, correos redactados mentalmente y nunca recibidos, horas en foros de fans donde desconocidos de cinco continentes cuentan su vida a partir del día y el lugar en que compraron cada disco. Ahí, entre gente que también organiza su biografía alrededor de un catálogo ajeno, el narrador encuentra una comunidad y una coartada. Comprar el próximo lanzamiento se vuelve un plan de reconciliación tan detallado como improbable.
Escrita en un español mexicano coloquial, sin pudor y con oído musical, la obra alterna la ternura y la crudeza sin pedir permiso: hay sexo explícito, drogas baratas, violencia doméstica en versión juvenil y humor involuntario, todo filtrado por una voz que confunde deliberadamente vivir con documentar. Es una novela de iniciación sobre el fandom como forma de identidad, sobre el modo en que las canciones nos prestan un guion cuando no tenemos uno propio, y sobre el instante —doloroso, necesario— en que la persona amada deja de caber en la letra que le habíamos asignado.