Willy Bruce llega a Burger City con dos dólares, un caballo hambriento y ninguna idea de qué hacer. La ciudad texana hierve por su rodeo anual, y con la fiesta llegan tahúres, falsos ganaderos y un sheriff que cobra comisión por dejar…
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Willy Bruce llega a Burger City con dos dólares, un caballo hambriento y ninguna idea de qué hacer. La ciudad texana hierve por su rodeo anual, y con la fiesta llegan tahúres, falsos ganaderos y un sheriff que cobra comisión por dejar hacer. Entre la multitud, Willy reconoce una voz: la de Douglas Davies, el amigo que predicaba grandes empresas y ahora vende pastillas quitamanchas. El reencuentro los mete de lleno en un pleito ajeno, con una carrera de caballos como premio.
Texas, 1861. A treinta millas de Wichita Falls, Burger City se prepara para su gran rodeo anual, la única semana del año en que sus comerciantes hacen caja. Con los vaqueros y los forasteros llegan también los otros: jugadores de levita y uñas afiladas, vendedores de reses que solo existen en su imaginación, ladrones que trabajan a plena luz. Sobre ese desorden preside el sheriff Fond Abbots, un hombre calmoso que ha convertido la tolerancia en negocio: nadie desvalija a nadie sin su permiso, y ningún permiso es gratis. Mientras no corra la sangre, la ciudad puede desplumar a quien quiera.
A ese escenario llega Willy Bruce, veintiocho años, dos dólares con veinte centavos y la certeza melancólica de que nunca ha sabido aspirar a nada grande. Sentado al pie de un árbol, repasa los consejos de Douglas Davies, el amigo que sostenía que hay que exigir mil dólares a gritos en vez de pedir diez con lloriqueos, y que lo despedía siempre con la misma frase: «¡Adelante, Willy!». La coincidencia es casi cómica: apenas la recuerda, la oye gritada en mitad de la plaza. Doug está allí, en el centro de un corro, vendiendo a diez centavos unas pastillas quitamanchas que no son más que jabón envuelto en papel rosa.
El reencuentro dura lo que tarda en estallar la primera pelea. Un puñetazo a un matón local llamado Jack Kaber convierte el fracaso comercial en éxito rotundo, y a los dos amigos en enemigos de la peor pandilla del condado. Cuando el dueño del Three Roses Saloon les explica quién manda de verdad en Burger City, aparecen los nombres que ordenan el resto de la historia: Gregory Harmer, dueño de medio pueblo y aspirante a gobernador; Lawrence Creep, el almacenero al que Harmer quiere arruinar; Laly, su sobrina de veinte años; y una carrera de velocidad y resistencia con diez mil dólares al ganador, de la que depende todo lo que Creep posee.
Escrita con el pulso ágil y humorístico del western popular, la novela avanza a base de diálogo rápido, engaños de feria y peleas resueltas con más ingenio que pólvora. Su interés está menos en el duelo que en la pareja: el fanfarrón elocuente que siempre encuentra la salida y el hombre de acción que dispara mejor de lo que habla, unidos por una consigna que funciona a la vez como divisa y como chiste.
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