Una noche mal empezada en un bar de provincias cambia el rumbo de dos generaciones. Marina se cruza con David, un chico callado que guarda una cajita de madera con motivos celtas, y de ese encuentro nace un hijo al que aprenderá a criar…
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Una noche mal empezada en un bar de provincias cambia el rumbo de dos generaciones. Marina se cruza con David, un chico callado que guarda una cajita de madera con motivos celtas, y de ese encuentro nace un hijo al que aprenderá a criar sin mirarlo a los ojos. Años después, ese hijo, ya adulto y atrapado en la rutina de trenes y oficinas, ve en el escaparate de una casa de empeños una vieja guitarra que lo devuelve de golpe a la infancia y al tío que se la enseñó a tocar.
«Acordes bastardos», de Daniel Hermosel Murcia, es una novela construida como una suite musical: sus capítulos llevan nombres de movimientos —obertura, interludio, coda— y avanzan alternando dos voces y dos tiempos que tardan en reconocerse como uno solo.
El primer hilo arranca en una capital de provincias pequeña, casi un pueblo grande, donde las calles se vacían pasada cierta hora. Marina discute con su amiga Ceci, sale sola del bar y termina subiéndose al coche de su hermano Andrés, músico de vocación y hijo idolatrado por una madre que trabaja a turnos en una fábrica. En el asiento trasero viaja David, un chico de mirada perdida que juguetea con una cajita de madera labrada. La pregunta de qué guarda dentro —«eso depende de quién mire»— abre una noche irreversible: David se marcha al día siguiente a hacer el servicio militar en el Sáhara y deja atrás algo más que una despedida.
Lo que sigue es la crónica seca y sin autocompasión de una maternidad no elegida. Marina encadena empleos mal pagados en un hotel, planchas ajenas y horarios imposibles, sostenida por una abuela que jamás reprocha nada y por un hermano cuya vida se disuelve poco a poco entre cajitas de galletas danesas y amigos de paso. Crece un niño con los ojos de su padre, unos ojos que su madre esquiva durante años porque le devuelven aquella noche.
El segundo hilo pertenece a ese niño, ya hombre. Lo escuchamos en presente, contando minutos en un andén, calculando retrasos y transbordos hacia una oficina, hasta que una Gibson SG cereza a la que le falta la segunda cuerda lo detiene en seco frente a un escaparate sucio. A partir de ahí, el relato se convierte en un intento de explicarle todo a Irene, su pareja: el apartamento sobre la relojería, los relojes desacompasados, y la frase del tío Andy sobre correr más que el tiempo mientras el tiempo siga corriendo.
El título nombra la idea que sostiene el libro: acordes mezcla de otros dos, difíciles de colocar y de identificar porque no suenan del todo ni como uno ni como el otro. Así son los vínculos que Hermosel retrata —hermanos, madres, hijos, padres ausentes— y así suena una historia sobre la herencia que se recibe sin haberla pedido.
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