Un detective privado de Indianápolis atraviesa la peor racha de su carrera —tardes enteras de lectura, siestas en el sillón giratorio, ningún cliente en nueve días— cuando una chica de dieciséis años entra en su oficina y le pide que…
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Un detective privado de Indianápolis atraviesa la peor racha de su carrera —tardes enteras de lectura, siestas en el sillón giratorio, ningún cliente en nueve días— cuando una chica de dieciséis años entra en su oficina y le pide que encuentre a su padre biológico. Trae anteojos violeta, cien dólares y una prueba: los grupos sanguíneos de la familia no cierran. Lo que empieza como el capricho de una adolescente acomodada se convierte, entre archivos de microfilm y llamadas a viejos contactos, en una excavación paciente sobre un matrimonio rico, silencioso y demasiado prolijo.
Octubre de 1970. Albert Samson lleva dieciocho días seguidos leyendo por las tardes en una oficina verde claro que huele raro y donde el polvo se acumula entre cliente y cliente. Su gran dilema del día es si trasladarse al living, más cómodo, o cumplir el horario hasta las cinco por si alguien cruza la puerta que dice «Entre sin llamar». A las cuatro y cuarenta y dos, alguien la cruza.
Eloise Crystal tiene el aplomo de una adulta y el descontrol emocional de una nena. Vive en Jefferson Boulevard, en una casa donde el dinero nunca fue tema, y llega con un encargo que Samson jamás había recibido en siete años de oficio: encontrar a su padre biológico. No sospecha; afirma. Su padre es tipo B, su madre tipo O, ella es tipo A, y eso —insiste, con la seguridad de quien hizo el análisis en el laboratorio del colegio y lo verificó con el profesor de biología— no es científicamente posible. Cómo consiguió una muestra de sangre del hombre que la crió es una pregunta que responde apenas: no fue fácil, pero si uno se propone algo, siempre hay un modo.
Samson no acepta el caso de inmediato. Guarda el billete de cien dólares, anota en su cuaderno la sospecha de que la clienta pueda estar actuando, y se concede el beneficio de la duda —y de la curiosidad— porque tampoco tiene nada mejor que hacer. Empieza por donde empieza siempre: por lo que ya está escrito. Una directora de diario que vende, por sumas modestas, aquello que su periódico nunca publicará. Y sobre todo la sala de microfilms de la biblioteca pública, donde reconstruye día por día la vida de una familia a través de páginas sociales y necrológicas: un casamiento en 1949 entre la heredera de una fortuna y un sargento condecorado recién recibido en Ciencias Económicas; un patriarca abstemio que celebraba cumpleaños memorables y hacía echar a los invitados que llevaban whisky en el bolsillo; tres hijos varones muertos en la guerra; un viaje sentimental a Europa de siete meses; un embarazo; una muerte; un vuelo repentino a Nueva York con la madre vestida de negro.
Cada dato que encuentra vuelve el encargo más difícil. Si las fechas dicen lo que parecen decir, la concepción ocurrió a miles de kilómetros y diecisiete años atrás, y el padre buscado podría ser cualquiera. Samson calcula lo que cobraría, lo que gastaría y lo honesto que sería seguir. También descubre algo que su clienta prefirió maquillar: no tiene dieciséis años, sino quince —una diferencia que en ciertos estados pesa lo suyo, y que lo obliga a consultar a un abogado antes de firmar nada.
El libro avanza con la lógica que su propio protagonista enuncia: todo problema es al principio demasiado grande, y el oficio consiste en partirlo en pedazos solubles, en acertar con la pregunta justa. Antes que persecuciones hay caminatas por el centro de Indianápolis, almuerzos elegidos entre calidad y conveniencia, partidos de básquet por radio, cartas a una hija de nueve años sobre conejos y osos que se palmean las rodillas. Narrado en primera persona, con una ironía seca que Samson dirige sobre todo contra sí mismo, es un relato de detectives donde la investigación se parece menos a la acción que a la paciencia: mirar mucho, anotar todo y aceptar que las cosas que la gente da por probadas rara vez se quedan quietas.
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