Autobiografía del sudafricano Ryan Sandes, escrita con Steve Smith, que reconstruye cómo un joven sin vocación deportiva pasó en pocos años de correr su primer maratón a ganar las carreras por etapas más duras del planeta, del Gobi a la…
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Autobiografía del sudafricano Ryan Sandes, escrita con Steve Smith, que reconstruye cómo un joven sin vocación deportiva pasó en pocos años de correr su primer maratón a ganar las carreras por etapas más duras del planeta, del Gobi a la Antártida. Entre el relato personal y el manual de campo, el libro alterna infancia, familia y divorcio con entrenamientos, estrategias de carrera, nutrición y la disciplina mental que sostiene cientos de kilómetros en solitario.
Hay historias deportivas que se explican por la genética o por una infancia entregada al cronómetro. Esta no. Ryan Sandes creció en Hout Bay, cerca de Ciudad del Cabo, más interesado en las fiestas que en el atletismo, y su currículum de fondo se reducía a un maratón corrido casi por accidente, en 2006, para no quedarse atrás de unos amigos. Dos años después ganaba la Gobi March: 250 kilómetros por etapas, en régimen de autosuficiencia, a través de uno de los desiertos más ventosos e inhóspitos del mundo. A partir de ahí la progresión resulta casi inverosímil: el Sáhara, la jungla amazónica con sus ciénagas y sus ríos infestados, el Atacama, la Antártida, Nepal, Madagascar, y después los grandes ultras de un solo día, Leadville, Hong Kong, Australia, Western States.
Abriendo camino cuenta ese trayecto desde dentro, y lo hace sin separar al atleta de la persona. El libro empieza con una serpiente saliendo de la maleza en el Tapajós y retrocede enseguida hasta el hospital donde nació, la caída que estuvo a punto de dejarlo cojo, los rosales y los viñedos de su abuelo Nick —el hombre del «todo o nada» que le enseñó a mirar la naturaleza y cuya voz sigue oyendo cuando le fallan las piernas en una subida—, la rivalidad cariñosa con su hermana Ashleigh, el divorcio de sus padres y el desarraigo de cambiar de escuela, de idioma y de mundo en el Franschhoek de los últimos años del apartheid. Esa mezcla de espíritu libre heredado de una madre rebelde y de tenacidad callada explica más de sus victorias que cualquier medición de laboratorio.
El relato se completa con dos prólogos que funcionan como dos formas de asombro. El fisiólogo Tim Noakes plantea el caso como un enigma científico: nadie pasa de novato a dominador mundial en un año, no es Sandes especialmente rápido en distancias cortas, y las explicaciones biológicas al uso no bastan; su hipótesis apunta a las estrategias mentales con que cada cerebro regula la fatiga. Dean Karnazes, que lo conoció en su primera carrera y lo vio adelantarlo en el Sáhara, describe a un competidor feroz sin rastro de ego. Entre uno y otro queda el propio Sandes explicando lo práctico: cómo entrena, cómo dosifica el ritmo, qué come, qué lleva a la espalda cuando no hay avituallamiento posible, qué aprendió de las carreras que perdió y de las temporadas en que todo se torció.
El resultado es un libro de aventuras y a la vez un cuaderno de trabajo. Sirve al lector que solo quiere saber qué se siente al correr seis días seguidos por la arena o a tres mil metros de altitud, y también al corredor que busca consejos aplicables el próximo domingo. Su tesis, nunca formulada como eslogan, es que la barrera casi siempre está antes en la cabeza que en las piernas, y que la confianza —esa certeza obstinada de que uno puede— se entrena igual que un desnivel.