Adriana nació el 25 de abril de 1978 sin brazos, en un México donde la discapacidad todavía se leía como castigo o desgracia. Este testimonio reconstruye, con voz propia y en primera persona, la infancia entre prótesis y terapias de…
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Adriana nació el 25 de abril de 1978 sin brazos, en un México donde la discapacidad todavía se leía como castigo o desgracia. Este testimonio reconstruye, con voz propia y en primera persona, la infancia entre prótesis y terapias de madrugada, las escuelas que le cerraron la puerta y la que decidió abrirla, y el momento adolescente en que sus padres le devolvieron la pregunta que ella no se atrevía a hacerse: qué hacer con lo que se tiene y con lo que falta. Más que una crónica de superación, es un libro sobre autonomía, amor familiar y el ejercicio diario de poner la fuerza por delante de la debilidad.
El libro abre con una pregunta que la autora ha escuchado toda su vida —si su discapacidad la ha deprimido alguna vez— y con la respuesta que tardó años en poder formular. Antes de contestarla, retrocede: a los diecisiete años, cuando comprender lo que significaba ser profesionista, mujer, pareja y madre sin brazos la llenó de un miedo que no sabía nombrar; y a la mañana en que se metió a la cama de su madre para preguntarle, sin rodeos, por qué era así. De esa conversación surge el primer relato ajeno del libro: el parto de 1978, el diagnóstico sin explicación médica posible, la carta que el padre escribió desde su primer día de trabajo y la decisión de la pareja de abandonar la búsqueda del porqué para dedicarse por completo a la búsqueda de los medios.
A partir de ahí, la narración avanza por estaciones. Están las primeras prótesis, colocadas a los dos años contra el criterio médico de la época, y el desconcierto de una niña que quería ser princesa y se descubrió cargando garfios como los del villano de la película. Están las terapias en el Centro de Rehabilitación Mexicano, diez años de despertarse a las cinco de la mañana, y el retrato agradecido de quienes las hicieron habitables: el jardinero que regalaba una flor cada amanecer, el técnico que ajustaba las piezas, el señor España pintando con el pincel en la boca. Y está la escena en que un aula llena de batas blancas la observa demostrar, a los tres años, todo lo que sus pies habían aprendido a hacer sin que nadie se lo enseñara: su primer público.
El trayecto escolar ocupa el centro del relato. La autora describe el peregrinaje de sus padres entre escuelas que negaban la inscripción por temor a las reacciones —de las maestras, de los compañeros, de los otros padres, del nivel académico— hasta encontrar la que aceptó el riesgo. Después vienen las lecciones que no estaban en el programa: una maestra de sexto año cuyos métodos hicieron tambalear su seguridad, el aprendizaje de que la exigencia y el respeto no se contraponen, la ausencia de su hermana Elo al terminar la primaria, y la reflexión sobre cómo la sobreprotección, con toda su buena intención, termina atrayendo el daño que pretende evitar. Un capítulo aparte recuerda al padre que, tras fracasar con salvavidas, flotadores y chalecos, la lanzó al mar con una sola indicación: aprender a nadar con lo que tenía.
El hilo que sostiene el conjunto no es el de la hazaña, sino el del equilibrio. La autora insiste en que el balance entre fortalezas y debilidades es una tarea de todos, con o sin discapacidad; que el espejo devuelve una imagen que el ser trasciende; y que amar no consiste en dar lo que sobra, sino lo que resulta indispensable. Escrito a los veintinueve años y dirigido tanto a lectores con discapacidad como a los padres, terapeutas y maestros que los acompañan, el libro alterna memoria personal, testimonio materno y reflexión abierta, con la convicción de que las tristezas y las alegrías humanas son las mismas y que lo único que cambia es la manera de vivirlas.
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