Buenos Aires, otoño de 1978. Raúl Tivi escribe en un diario que ya no quiere sus preguntas; Eugenia pinta retratos por encargo mientras cría a un hijo que apenas empieza a caminar.
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Buenos Aires, otoño de 1978. Raúl Tivi escribe en un diario que ya no quiere sus preguntas; Eugenia pinta retratos por encargo mientras cría a un hijo que apenas empieza a caminar. Entre medialunas de domingo, discusiones de cocina y abrazos que ella considera una forma de energía, se filtra lo que nadie nombra en voz alta: un papel anónimo entre las páginas del periódico, un teléfono que suena sin nadie del otro lado, un coche sin patente cruzando la avenida. «Abrazando la vida», de Graciela Astesano, es la novela de una familia común atrapada en un país donde mirar hacia otro lado se ha vuelto una técnica de supervivencia, y del largo camino —Brasil, Italia, España— que va desde esa casa de Flores hasta una plaza romana veinte años después.
La novela abre en un domingo ventoso de Buenos Aires, en el barrio de Flores, con una escena de una normalidad casi luminosa: un padre que baja a comprar pan antes de que amanezca del todo, una mujer que ha pintado hasta las tres de la madrugada, un bebé que se ríe cuando le cantan. Esa normalidad es exactamente lo que está en juego. Raúl Tivi es periodista y ha empezado a escribir sobre detenciones ilegales, sobre gente que desaparece; Eugenia, pintora, le pide que no se meta, que se guarde, que elija ser antihéroe. Ninguno de los dos sabe todavía que la discusión no es teórica.
Lo que Astesano construye en esta primera parte no es una novela de denuncia frontal sino algo más incómodo: el retrato del momento anterior. Las señales llegan de a poco y siempre disfrazadas de casualidad —una hoja mimeografiada deslizada entre las páginas del diario, una columna suspendida, un traslado repentino a la sección de deportes justo cuando el Mundial está por absorber la atención de todo el país, llamadas que se cortan en silencio—. Alrededor de la pareja se mueve un coro de personajes que encarnan las distintas maneras de habitar el miedo: el panadero amigo que bromea mientras amasa, la hermana instalada en la aristocracia porteña, la asistenta paraguaya que mezcla castellano y guaraní y encuentra refugio en la parroquia, un joven sacerdote granadino recién llegado y muy comprometido con los barrios pobres, una compradora de arte que quiere un cuadro que «sirva» para decorar su casa nueva.
Ese contraste sostiene buena parte del libro. Mientras Raúl pierde espacio en el diario, Eugenia negocia el precio de un retrato infantil en un penthouse impecable y discute si el arte debe extasiar o combinar con las paredes; el conflicto público y el conflicto íntimo se responden. La autora trabaja con un oído muy fino para el habla porteña de la época —el diálogo lleva el peso de la caracterización— y deja que la política entre en la casa por donde entra de verdad: por la conversación del desayuno, por la radio del taxi, por lo que se decide no contarle al otro.
Desde ahí la historia se abre en un arco que recorre décadas y geografías: Argentina y Brasil en 1978, Italia en 1979, España en 1999 y un epílogo romano en Campo dei Fiori. Es la estructura de una vida partida en dos por un antes y un después, y también la de un desarraigo que se prolonga mucho más allá del hecho que lo provocó. El título funciona como clave de lectura: en la novela, abrazar es un gesto que se repite, que se pide y se niega, y que termina siendo la medida de lo que un cuerpo puede sostener.
Más que una crónica de la dictadura, «Abrazando la vida» es una novela sobre el precio privado de las decisiones públicas, sobre la memoria que viaja con quienes se van y sobre la obstinación de seguir viviendo. Astesano advierte que sus personajes y situaciones son ficticios; el clima que respiran, en cambio, resulta reconocible desde la primera página.
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