Un robo de quince mil libras ejecutado con una puesta en escena impecable —un falso atraco interrumpido por falsos policías— deja a la comisaría en ridículo y a un cobrador debatiéndose entre la vida y la muerte.
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Un robo de quince mil libras ejecutado con una puesta en escena impecable —un falso atraco interrumpido por falsos policías— deja a la comisaría en ridículo y a un cobrador debatiéndose entre la vida y la muerte. David Adams, abogado de segunda fila en el Temple, acepta defender a los tres acusados hasta que una entrevista con uno de ellos lo obliga a renunciar, y lo arrastra, ya fuera de la toga, al centro mismo de la violencia que el caso había desatado.
La sucursal principal del Banco de Westminster, en el extremo sur de la High Street, es un edificio de falsa elegancia georgiana donde no ocurre nunca nada. Allí, un jueves cualquiera, William Brane retira catorce mil cuatrocientas veinticinco libras, cuatro chelines y siete peniques, encadena la cartera a su muñeca y echa a andar los noventa metros que lo separan del coche de la empresa. No llega. Un hombre con gabardina y sombrero de ala ancha le arranca la cartera, un Singer negro frena en seco y dos agentes uniformados reducen al ladrón ante testigos que no encuentran motivo alguno para alarmarse. Esa es exactamente la idea: cuando la policía verdadera descubre a tres de los suyos golpeados, atados y en paños menores entre los escombros de unos lavaderos incendiados, el dinero lleva horas de ventaja y la investigación arranca sin una sola huella.
Desde ahí la novela avanza por dos frentes que se aproximan despacio. En despachos y laboratorios, el inspector Dreasley y su superintendente calculan el descrédito de un cuerpo burlado por una maquinación tan simple como brillante, y persiguen las escasas migas disponibles: un pañuelo sucio, un guante basto, tres uniformes robados. En los comedores del Colegio de Abogados, entre oporto, retratos de jueces severos y bolitas de pan arrojadas desde la galería, David Adams cena y bromea sobre lo poco que rinde el derecho penal, sin saber que el caso ya viene hacia él.
Cuando le llega, el encargo parece rutinario: tres hombres acusados de un delito común, una cadena de pruebas armada con paciencia, una defensa perdida de antemano. La entrevista con uno de los detenidos lo cambia todo. Adams se ve obligado a rechazar el caso y, poco después, a padecer en carne propia el rastro de sufrimiento que dejó el robo. La conclusión a la que llega resulta tan intolerable como inevitable: tiene que defender a esos presos y, además, arrancar el veredicto de inculpabilidad que nadie considera posible.
Obra de un autor que conoció los estrados desde dentro, el relato sostiene un marco jurídico preciso y un elenco observado con malicia: el maleante lúcido y decidido, el cómplice, el procurador acreditado, el fiscal, el juez, el perito, el primer pasante. La tensión no nace aquí de la persecución, sino de una obligación mucho más incómoda: defender lo que parece indefendible.
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