Ensayo en el que David Sánchez Usanos relee a Nietzsche, Kafka y Hemingway como síntomas de un agotamiento compartido por la filosofía y la literatura, y propone ambas disciplinas como herramientas para orientarse en un presente…
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Ensayo en el que David Sánchez Usanos relee a Nietzsche, Kafka y Hemingway como síntomas de un agotamiento compartido por la filosofía y la literatura, y propone ambas disciplinas como herramientas para orientarse en un presente desencantado, individualista y difícil de narrar.
«A tres versos del final» parte de una escena mínima —una conversación nocturna en Madrid, dentro de un coche, entre el autor y un amigo ajeno al mundo académico— para formular la pregunta que vertebra todo el libro: ¿qué sentido tiene hoy juntarse a hablar de libros? El comentario del amigo («qué solos estáis») no se despacha como una broma: se convierte en el hilo del que tira el ensayo para pensar la conexión entre el pensamiento, la soledad y cierta forma de destierro voluntario.
El punto de apoyo teórico llega de una cita del «Retrato del artista adolescente» de James Joyce, donde Stephen Dedalus enuncia su programa: silencio, exilio y astucia. Sánchez Usanos sostiene que esa fórmula, útil como táctica de huida —la lee también en el episodio homérico de Polifemo, con Ulises escapando bajo el vientre de las ovejas—, ha terminado por convertirse en un protocolo estable, en el modo por defecto en que el individuo contemporáneo dedicado a la reflexión se relaciona con el mundo: la cultura deja de ser instrumento de integración social y pasa a ser trinchera desde la que ejercer la disidencia; el intelectual adopta las maneras del prófugo, del guerrillero, del espía.
Sobre ese esquema el libro emprende la relectura de tres autores decisivos en la biografía lectora del ensayista: Nietzsche, Kafka y Hemingway. La sección dedicada a Nietzsche recorre el desengaño de una primera lectura adolescente de «Así habló Zaratustra», la preferencia posterior por «Crepúsculo de los ídolos», y la tesis de que con Nietzsche la filosofía se vuelve autorreferencial —signo, como en la novela, la pintura o el rock and roll, de que una práctica se ha agotado y ya sólo sabe hablar de sí misma—. De ahí se desprenden los núcleos que el autor examina: el eterno retorno leído menos como especulación cosmológica que como imperativo existencial y moral, el exceso de historia denunciado en la segunda intempestiva —diagnóstico decimonónico que describe con incómoda precisión una cultura que consume el pasado y se cree epígona de todo—, y el hilo que enlaza muerte de Dios, nihilismo y superhombre con la tradición ilustrada del despertar, de Heráclito y Platón a la Enciclopedia.
El método es declaradamente parcial: no se aspira a evaluar a estos autores por completo ni a fijar interpretaciones definitivas, sino a detenerse en los momentos de su escritura que el autor juzga más logrados y que sirven para cartografiar la experiencia propia. Por el camino comparecen Aristóteles y Kant en torno al problema del tiempo, Berkeley y la vieja enemistad entre razón y felicidad, Marx, Freud, Eliade, la generación beat, David Foster Wallace, y también Melville, Bukowski, el cine y la música, tratados con la misma naturalidad que los clásicos.
El resultado es un ensayo de tono personal y registro híbrido —autobiografía, crítica cultural, historia de la filosofía—, que se pregunta cómo vivir de manera consciente en un mundo desencantado y regido por dinámicas impersonales, y que reivindica la filosofía y la literatura como espada y escudo: no para salir del laberinto, quizá, pero sí para dibujar su mapa.
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