Un estudio minucioso de los treinta días de enero de 1933 que condujeron al nombramiento de Adolf Hitler como canciller de Alemania, y de por qué ese desenlace estuvo mucho más cerca de no ocurrir de lo que suele creerse.
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Un estudio minucioso de los treinta días de enero de 1933 que condujeron al nombramiento de Adolf Hitler como canciller de Alemania, y de por qué ese desenlace estuvo mucho más cerca de no ocurrir de lo que suele creerse.
El 1 de enero de 1933 buena parte de la prensa alemana celebraba lo que parecía el final de una amenaza: el asalto nacionalsocialista al Estado democrático había sido rechazado, la República estaba a salvo, Hitler era ya un nombre de camino al olvido. Treinta días después, ese mismo hombre era jefe del Gobierno alemán. Henry Ashby Turner reconstruye ese mes decisivo casi hora a hora para explicar cómo se llegó de una euforia a la otra.
El libro concentra su atención en un escenario reducido y en un puñado de protagonistas: el presidente Paul von Hindenburg, anciano mariscal de campo convertido en símbolo nacional, con una figura imponente y una voluntad frágil que dependía siempre del consejo ajeno; el general Kurt von Schleicher, hábil operador entre bastidores que había aupado y derribado cancilleres; Franz von Papen, aristócrata sin peso parlamentario que aspiraba a manejar lo que no comprendía; y el propio Hitler, líder de un partido que apenas cinco años antes rozaba el 2,6 por ciento del voto. Alrededor de ellos, una arquitectura institucional averiada: el gobierno por decreto presidencial que había vaciado al Reichstag desde 1930, la Gran Depresión con más de un tercio de los asalariados en paro, la violencia callejera de las tropas de asalto y una ciudadanía exhausta y desmovilizada.
Turner desmonta dos ideas asentadas. Hitler no ganó unas elecciones que lo llevaran a la cancillería, ni conquistó el poder por la fuerza: el poder le fue entregado mediante una conspiración palaciega en la que participaron quienes tenían mayor responsabilidad en la defensa del orden republicano. Y nada de ello era necesario. Al detallar las conversaciones, los cálculos fallidos, las vanidades personales y las coincidencias que encadenaron aquellas semanas, el autor muestra cuántas veces la operación estuvo a punto de descarrilar.
El relato incorpora también la textura de lo cotidiano —la ópera wagneriana de Año Nuevo, el champán de las reuniones clandestinas, la niebla del domingo 22, el noticiario que situó el nombramiento de Hitler en sexto lugar, detrás de un concurso de saltos de esquí— para dejar constancia de algo igualmente perturbador: casi nadie percibió entonces lo que estaba ocurriendo. Apoyado en un vasto trabajo de archivo, incluido un documento localizado en Moscú, el libro pertenece a la tradición de la historia que es a la vez investigación rigurosa y narración, y culmina en una advertencia sobria: si aquel desenlace no fue inevitable, tampoco lo es ninguno de los que vengan.
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